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Los colores del mundo


Cuento_Colores_mundo
 
   Había regresado de la escuela y se había encerrado en su cuarto. Una sola vez su madre había golpeado a su puerta, y se había ido con una disculpa cuando ella le había dicho que estaba leyendo. Lo cual no era del todo cierto.
   Tenía el libro abierto frente a ella, aunque hacía rato que ya no leía. Era un libro muy viejo que había escogido por pura curiosidad. ¿Qué secretos escondería un texto de hojas amarillas y bordes marrones que se quedaban en tus dedos al dar vuelta la página?
   Había sido una clase libre, una hora para hacer lo que quisieran en el aula, siempre que estuvieran leyendo. Ella lo había considerado tonto hasta que encontró ese libro, lleno de palabras ya en desuso que le sugerían divertidos significados. Había comendo a jugar con ellos, se imaginaba uno y luego lo buscaba en la interfaz de su pupitre. Le había asombrado la cantidad de veces que lograba aproximarse. Hasta que había llegado a una palabra que había hecho que el buscador se cerrara de pronto. Lo había intentado varias veces más, las suficientes para saber que no era un mero error del sistema.
   Era la palabra.
   Aquella palabra hacía que todo colapsara. ¿Por qué? ¿Qué era lo que significaba? ¿Podía ser tan malo?
   Había releído el texto varias veces; aun así, no había logrado dar con un resultado viable.
   —Colores —susurró y miró alrededor, como si pudiera controlar las cámaras que la grababan a cada momento.
   Ni siquiera sabía si la había pronunciado bien. ¿Qué podía simbolizar esa palabra? ¿Por qué se habría dejado de usar? ¿Por su significado?
   Prendió su computador personal. Vaciló al momento de ingresar la consulta. Sin duda quedarían registros, lo sabrían poco después de que ella la iniciara. En la escuela era un poco más anónimo, si bien no tanto.
   Sin embargo, tenía que comprobarlo, tenía que saber si allí tampoco daba resultados. Abrió el buscador y copió la palabra. No había terminado de comenzar la búsqueda cuando salió una pantalla de error y se cerró el buscador.
   Ella se quedó mirando la pantalla. A los dos segundos sonó el teléfono. Ella saltó hacia atrás y casi cae de la silla. Poco después su madre golpeaba a la puerta.
   —Es tu hermano, de la universidad, ¿quieres hablar con él?
   —Nnnssí —cambió a medio camino.
   Se levantó de golpe, abrió la puerta y otra vez casi cae hacia atrás del impulso. Se balanceó al sostenerse del picaporte y fue hacia la cocina.
   —Ahí viene —dijo su madre, que la había mirado de un vistazo. Su marido, quien estaba a punto de conversar con su hijo, enarcó las cejas. Su mujer lo empujó hacia atrás para hacer lugar a su hija.
   —Hola, ¿cómo estás?
   —Hola, bien, ¿qué tal la escuela?
   —Bien, bien —ella se aproximó a la pantalla hasta que casi la rozó con la nariz—, ¿te pudo hacer una pregunta?
   —Sí, claro —sonrió su hermano.
   —¿Qué significa «colores»?
   —No sé, nunca lo había escuchado, ¿dónde lo viste?
   —En un libro.
   —A ver déjame que busque en la universidad.
   Ella se mordió el labio, insegura sobre si detenerlo; su curiosidad pudo más.
   —Qué raro —frunció el ceño él—, creo que se colgó… a ver si... —bufó— se apagó. Deja que vuelvo a prender y te envío después un correo. «Colores» dijiste, ¿no?
   —Sí, es…
   En ese momento se cortó la comunicación.
   —¿Qué pasó? —se acercó su padre—. Yo todavía no había hablado.
   —Se apagó sola —dijo su mujer y, como él, comenzó a tocar los botones.
   Ella dio un paso atrás y, mordiéndose la uña, miró hacia todos lados. ¿Acaso había sido ella? ¿Una sola palabra podía hacer tanto daño?
¿Una sola palabra podía hacer tanto daño? Twittea 

   La pantalla volvió a la vida, pero estaba con el logo inicial. Su padre intentó llamar otra vez a su hijo.
   —No funciona —suspiró—. Quería hablar con él.
  Echó una ojeada a su hija.
   —Yo no hice nada —dijo ella y luchó por mantenerle la mirada a su padre.
   —Ya volverá a llamar más tarde —dijo la madre—, vamos a cenar.
   No habían terminado de poner la mesa, cuando el teléfono volvió a sonar. El padre se apresuró a llegar a la pantalla, y se desinfló al ver el mensaje.
   —Es una llamada privada para ti —dijo mirando a su hija con ojos acusadores—. ¿En qué están metidos tú y tu hermano?
   —Nada, solo le hice una pregunta —se puso de pie y por poco vuelca la silla—. Iré a mi habitación.
   Podía sentir los ojos de su padre sobre su nuca mientras se apresuraba por el pasillo. Cerró la puerta con llave y prendió la pantalla.
   —¿Qué sucede?
   Su hermano la miraba con rostro serio y ojos asustados.
   —¿De dónde sacaste esa palabra?
   —De un libro —repitió ella y lo levantó para mostrarlo—. ¿Por qué? ¿Qué significa?
   —Está prohibida, fue borrada de nuestra historia —miró por sobre su hombro—. Había escuchado rumores sobre ciertas cosas que se habían suprimido, nunca pensé… no es algo que se perdió, lo eliminaron a propósito.
   —Entonces ¿qué significa?
   —Tienes que dejar de buscar, puede ser peligroso, muy peligroso, para todos nosotros.
   —Pero…
   —No sé lo que significa, no lo entendí bien, se relaciona con ver las cosas de otra manera; no me quedó claro. No busques más, no es importante.
   La pantalla se apagó antes de que ella pudiera hacer otra pregunta. La sobresaltaron los golpes a la puerta.
   —¿Vas a venir a comer?
   —Sí, ya voy, mamá —sin embargo, no se movió; dejó la vista fija en el libro.
   Averiguaría su significado, no podía dejarlo así.
   Los días siguientes se dedicó a hurgar en bibliotecas, las pequeñas, las que todavía tenían algunos archivos en papel. No obstante, no le fue posible encontrar siquiera referencias a la palabra. Entonces empezó a recorrer librerías viejas, tan antiguas como pudiera encontrar. Se ensució las manos en esas páginas polvosas hasta que encontró varios libros que hablaban de los colores, aunque seguía sin entender a qué se referían.
   ¿Serían una reliquia del pasado? ¿De tiempos menos civilizados?
   Comenzó a buscar en libros de historia. No importaba de qué, si iba lo suficientemente atrás, podría encontrar algo. Era difícil, la mayoría de la historia estaba digitalizada y en versiones modernas. No podía confiar en ellas, así como no podía confiar en nadie más, ni siquiera su hermano, quien la miraba dudoso en cada nueva llamada, si bien no había vuelto a mencionar el tema.
   Tres semanas después de la primera consulta, encontró por fin lo que buscaba. Era de madrugada y estaba leyendo ese libro en su cama. Era sobre la historia de la genética y su aplicación.
   «Por supuesto —decía su autor—, no todo han sido ganancias, también hemos sufrido pérdidas. ¿Cómo podía ser de otra manera, si jugábamos con algo que solo entendíamos en parte, en teoría? Ganamos años de vida, encontramos salud. Perdimos la variedad genética de antes, tiemblo al pensar en una peste que no encuentre gente inmune, somos demasiado iguales. Y también están las pequeñas cosas: el gusto ácido, algunos sonidos y los colores. Hace poco fui a la última representación de los colores. Ya la cerrarán, vuelve a la gente loca. Te pinchan el cerebro para simular una habilidad que ya no tenemos. Antes el cielo era azul, los árboles verdes, la tierra marrón, cada cosa era de un color diferente. ¿Quién puede imaginar un mundo así?»
   Ella levantó la vista, su cuarto era gris; distintas tonalidades de gris, eso era todo lo que veía. Aunque su visión era perfecta, más de veinte kilómetros de distancia y cierta calidad microscópica.
   «Qué importaban los detalles antes cuando todo estaba tan vivo.»
   —Colores —susurró—, eso no puede ser. —Cerró el libro. —No tiene sentido —aseguró, y guardó el libro bajo su cama.
   Se quedó mirando el techo, del cual veía cada pequeña imperfección.
   —¿Cómo puede nuestra vista ser perfecta si no vemos los colores? ¿Si no vemos el verdadero mundo alrededor? —dijo en voz alta y sonaron las alarmas.
   Se puso de pie de un salto y, sin dudarlo, sacó el libro de debajo de la cama antes de salir corriendo. Huyó con el libro abrazado y no pensó en ello hasta que estuvo a varias cuadras de su casa.
   —¿Por qué hice eso? —susurró y acarició la tapa del libro.
   Pero sabía por qué, porque debía encontrar esos colores.


   Este cuento se publica por primera vez.


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