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Por curiosidad


Cuentos_logo
 
   Estoy de pie en mi cocina, el agua gotea con lentitud, se mezcla con la sangre que corre por el piso. Extraño, pero lo primero que pienso es cómo voy a limpiar los zócalos. Ese pensamiento incluso se sobrepone al latido de mi brazo izquierdo. Intento moverlo y siento una aguda punzada que me llega hasta la espalda. Tengo que apretar los labios para no gritar, para no desmayarme. Él todavía está en alguna parte de la casa y yo no sé cuánto tiempo he perdido aquí, con mis reflexiones.
   Me inclino sobre el lavabo y cierro la canilla, no hago nada por destapar el desagüe. El agua sigue desfilando por el piso. Me alejo hacia la mesa y creo ver algo por el rabillo del ojo. Las ventanas están cerradas; las cortinas, no. Me agacho detrás de la mesa en un inútil intento de ¿qué? ¿Esconderme de alguien que ya sabe que estoy aquí?
   No, me pongo de pie y miro de frente hacia la ventana. Allí no hay más que las sombras de los árboles de la calle. Tengo que moverme con el brazo entumecido a mi costado, ya empiezo a perder la sensibilidad en los dedos. Cierro las cortinas como puedo, y por un momento rozo con las yemas el grabado en una de las ventanas.
   No puedo seguir perdiendo el tiempo.
   Me acerco a la puerta que da al comedor, la única que hay en la cocina, y giro el picaporte. Se abre con un clic y se me corta la respiración. Suelto el picaporte como si estuviera electrificado.
   «¿Cómo puede ser? Si estuvo abierto todo el tiempo, ¿por qué no entró por mí?»
   —Porque está preparando algo peor.
   Otra vez me quedo sin aire y me cuesta recuperar un mínimo de auto control. Tomo el picaporte de nuevo y dudo, si me quedo aquí es cuestión de tiempo, no tendré cómo huir. Inspiro en profundidad y abro la puerta.
   El comedor está a oscuras, solo la luz del exterior se refleja sobre los vasos que aún están sobre la mesa. La comida debe de estar fría, los platos están casi llenos. Solo hacía unos minutos que nos habíamos sentado a comer cuando todo comenzó.
   Suspiro. Dentro de poco hubiéramos cumplido diez años de matrimonio y éste no era el resultado que esperaba.
   Escucho ruidos en el piso de arriba y me encojo. El brazo me duele otra vez y tengo que morderme la lengua. Los golpes siguen allí arriba, tienen que venir de nuestro dormitorio. ¿Qué está buscando? Obviamente, algo que es más importante que yo.
   Miro de reojo la puerta principal, es la salida, es…
   No, tengo que saber qué es tan importante, ¿qué es lo que lo tiene revolviendo cómo un loco el dormitorio? Me acerco a la escalera y me pego a la pared para subir. Algún que otro escalón cruje, no importa, él está haciendo suficiente ruido como para que no se oiga nada más.
   La puerta de la habitación está abierta, y el lugar destrozado. Incluso ha corrido la cama contra la pared. Ahora está en cuatro patas, tirando fuera las cosas del ropero, no sé cuántas cupieron allí dentro, pero él no termina de arrojarlas por los aires.
   —¿Qué es lo que buscas? —murmuro, y me sorprende que me oiga.
   Se sienta sobre sus talones, veo cómo se tensan sus hombros. El silencio se extiende por el cuarto. Luego él vuelve a inclinarse y continúa con su búsqueda.
   Aquello me enfurece. Es que no solo no va a contestarme, ¿ni siquiera va a mirarme? Me sostengo el brazo que ya no siento a mi costado y me acerco a él. Lo noto vacilar un par de veces, aunque prosigue con lo suyo.
   —¿Qué buscas?
   —Creo que perdiste todo derecho a hacerme preguntas, incluso a hablar conmigo —se da la vuelta—, ¿por qué todavía estás aquí?
   Veo los rasguños en su rostro, la sangre que corre por su cuello y cae sobre su camisa. Me abalanzo sobre él, así no tengo que responderle, porque la verdad es que no tengo idea de por qué todavía estoy aquí, con él.
   Me tira a un lado y golpeo contra la pared, con el hombro dañado. Me muerdo la lengua cuando quiero evitar gritar, siento el gusto de la sangre en mi boca y en mi garganta.
   Él continúa registrando el armario, ahora trata de levantar el piso.
   —¿Qué es lo que buscas? —pregunto una vez más, cansada, recostada contra la pared.
   Se detiene y suspira.
   —Nada que te incumba —se vuelve hacia mí—, ¿sabes que casi duramos diez años juntos?
   Sonrío, sin un ápice de felicidad.
   —Sí —miro alrededor, el cuarto destrozado y mi brazo sin color.
   Él lo observa también y frunce el ceño. Se acerca con cautela y después de mirarme de reojo toma mi brazo y lo revisa.
   —Deberías haberte hecho un torniquete.
   —¿Por qué…? —suspiro, nada tiene sentido de todas formas—. No lo pensé.
   —Nunca lo haces mucho —sonríe él y ata una media alrededor de mi brazo, apenas siento el nudo.
   Luego se sienta a mi lado, ambos respiramos con agitación.
   —Tendrías que haberte ido cuando tuviste la ocasión —dice él después de un rato.
   —Tal vez. —Hago una pausa. —¿Cómo sabes que no tengo una oportunidad ahora?
    Él mira mi brazo.
   —No te fue muy bien cuando trataste de apuñalarme.
   Aprieto los labios, con la vista fija en el guardarropa.
   —¿Qué buscas? — pregunto todavía una vez más.
   —¿Es por eso que te quedaste?
   Yo me niego a contestar.
   —Tonta —dice él y se pone de pie.
   Sale del dormitorio y lo escucho bajar las escaleras. Me acerco al ropero y tanteo el piso. ¿Qué puede ser lo que oculta allí? No, no puede ser algo suyo, sino tendría que saber dónde está. Si no es de él y no es mío, ¿entonces de quién? Una idea está a punto de formarse en mi mente cuando siento que tiran de mis piernas; me arrastra fuera del dormitorio y traba la puerta.
   —¡Déjame entrar!
   Golpeo la madera con ímpetu, apenas puedo levantarme del piso.
   «Maldito imbécil, ¿qué puede ser lo que busca?»
   El martilleo comienza a ser contante dentro del dormitorio. Fuerzo el picaporte, nada, intento empujar con el hombro, pero no tengo ninguna fuerza en mí. No puedo soportar otro secreto de él, sencillamente no lo puedo soportar, de esa manera fue como empezó.
   Así fue como mientras cortaba la carne de la cena había aferrado mis dedos, levantado el brazo y… fallado. Y él sonrió. No sé si se burlaba de mí porque yo había errado o porque otra vez me había mentido y yo no podía hacer nada al respecto.
   Ahora lo escucho martilleando en la pieza. Cada golpe se me clava en el pecho y hunde el odio cada vez más en lo profundo. A un lugar desde el que será imposible sacarlo. Miro hacia el pasillo que lleva a la escalera, la escalera que da al comedor, que tiene la puerta hacia la calle. Sin embargo, ya no hay salida. Tengo que saberlo, tengo que hacerle decir todos sus secretos, tengo que saber la verdad, aunque sea una sola vez.
   Así que espero, él tendrá que salir en algún momento.
   Oigo que se abre la puerta cuando me estoy durmiendo.
   —No puedes negar que tuviste oportunidad de huir.
   Aprieto los ojos para espabilarme, aunque no me puedo levantar.
   —Solo quiero saber la verdad —digo ya con poca fuerza.
   Él se acuclilla frente a mí y deja una caja de madera sobre el piso. Frunzo el ceño, tiene un símbolo que me parece conocido, está…, es…
   —¿El símbolo del marco de una de las ventanas de la cocina?
   Sonríe y asiente.
   —Entonces, ¿todos esos arreglos que hiciste en la casa durante años?
   Ladea la cabeza.
   —¿Todos estos años?
   —Podríamos haber seguido juntos, ¿sabes? Si no hubieras sido tan entrometida.
   Niego con la cabeza. Él se encoge de hombros.
   —O podrías haber sido una viuda feliz, yo hubiera fingido… —suspira— ahora tendré que fingir algo más.
   Los ojos se me cierran antes de que sus manos lleguen a mi cuello.


   Este cuento se publica por primera vez. Forma parte de los retos de escritura del portal El libro del escritor, pasen por allí a ver los retos y participantes. En este caso elegí Empieza una historia con: «Estoy de pie en mi cocina…». Debe ser una historia de suspense.


Este cuento forma parte del recorrido de la sangre, ¿te animas a seguirlo? Puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.


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Historia repetida


Cuentos_logo
 
  Cabalgó bajo la lluvia, en la tarde brumosa. Sería una noche negra, pero muchas lo habían sido desde hacía años, tantos que ya no importaba recordarlos. Apretó las mandíbulas y se aferró a las riendas de su marchito caballo. El animal se estaba quedando viejo y probablemente éste era su último viaje; recordó que también había sido el primero.
  —Que así sea —murmuró para sí.
  Ese sería el último viaje de los dos, al menos la última vez que recorrerían ese camino. La fina capa que llevaba había sucumbido al agua hacía rato y ya no tenía sentido esconderse de las frías gotas.
  Atravesó el pueblo en solitario, apenas era posible ver las casas a su alrededor. Un solo guardia protegía la entrada al castillo, se adelantó para ver al recién llegado cuando éste y su caballo emergieron de la bruma. Las palabras se pegaron al cálido aire y el soldado solo atinó a mirar el emblema raído en la ropa del jinete y el rostro, ahora maduro, del que había conocido como muchacho.
  —Se… señor… mi… mi príncipe —se irguió lo más que pudo.
  —¿Dónde está?
  —¿Quién, mi señor?
  El caballo se movió nervioso, pero el jinete se mantuvo quieto.
  —El rey, mi señor…, está en la sala de audiencias; hoy… hoy… hoy es día de audiencias —murmuró mientras se sonrojaba.
  —Bien —dijo el príncipe y azuzó al caballo.
  —Señor, mi señor, ¿debo anunciarlo?
  —No será necesario —respondió sin volverse.
  Llegó a la gran puerta de roble en silencio. Se apeó del caballo y lo dejó libre, a su edad ninguno escapaba, llega un momento en el que todos reconocen su destino.
  Dentro del castillo, el aire era aún más frío. El olor a rancio y humedad era insoportable. El príncipe se acercó a la sala de audiencias. El trono quedaba lejos y solo un par de pordioseros mendigaban compasión. Los adelantó con paso firme. El cuerpo que lo esperaba en el trono estaba marchito y probablemente era el causante del mal olor.
  —Hijo —susurró con ojos brillantes que se movieron con súbita rapidez—. ¿Y tus hermanos?
  —No volverán.
  —Bien —sonrió y se le partió el labio del cual cayó una gota solitaria de sangre.
  —Ellos viven felices en otros reinos, la mayoría casados.
  —¿Qué? —trató de levantarse, pero el trono era lo único que lo sostenía.
  —Sí —sonrió el príncipe—, todos ellos viven, todos nosotros lo hacemos.
  —¡Cobardes! —murmuró el rey.
  —No, listos —rio—. Supimos de tu plan y decidimos abandonarte. Ya no aceptaríamos más tus torturas. Decidimos no volver, para que no supieras nunca nuestra suerte, para que vivieras preguntándote, temblando en un trono sin herederos.
  El rey torció el gesto.
  —Tú volviste.
  El príncipe frunció el ceño, el rey sonrió.
  —A ti no te fue tan bien, quieres el reino, mi reino.
  El príncipe tembló de risa.
  —No lo necesito, no lo quiero.
  —¿Por qué regresaste entonces?
  —Mi hijo está enfermo —dijo mientras rebuscaba entre sus ropas y se acercaba a su padre.
  —¿Y quieres que yo me apiade de él? ¿Porque es mi nieto?
  —No hace falta, yo haré lo necesario por mantenerlo con vida. La tuya perdió valor hace tiempo.
  El viejo rey se tiró hacia atrás.
  —¿Qué tiene mi vida que ver…? —se cortó al ver un cuchillo ceremonial de obsidiana—. ¿Todavía practicas esa magia oscura? —le escupió.
  —Todavía lo hago —sonrió.
  —Ya no me queda mucha sangre —rio con sorna—, tal vez deberías donarle la tuya.
  —No es sangre lo que busco. Una vida solo se paga con otra.
  El rey lo miró.
  —Idiota, ¿acaso crees que él será mejor contigo de lo que tú eres conmigo? Déjalo morir, te ahorrarás un problema.
  —Un problema, eso éramos para ti.
  —Bah.
  —Yo no seré como tú —masculló y clavó el cuchillo en el corazón reseco.
  Nadie lo detuvo al salir. El caballo todavía lo esperaba, sumiso. Y él emprendió un viaje más.
  —Se parece tanto a su padre —comentó una vieja criada al verlo pasar por la puerta, sin mirarla a ella ni al guardia—. Todavía recuerdo cuando el rey volvió con la cura que salvaría a su hijo más pequeño —meneó la cabeza y suspiró—. Todo fue mal a partir de allí. Aunque el pequeño sobrevivió, y se parece tanto a su padre.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en diciembre de 2011.


Este cuento forma parte del recorrido de la sangre, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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Liberar el dolor


Cuentos_logo
 
  El dolor era insoportable. Corría por su cuerpo a la par de su sangre, llegando a cada poro. Empujaba para salir, la piel se resistía, se tensaba, empecinada.
  —¡Déjalo salir! —exclamó asestando un golpe en la mesa.
  Apretó los puños contra las sienes y le chirriaron los dientes.
  —Déjalo salir —murmuró.
  Sabía que no lo haría, el dolor quedaría allí dentro junto a él, agazapado hasta el próximo ataque. Creciendo hasta que se hiciera intolerable. Solo había una forma de apaciguarlo durante unos días… pero todavía se retiraba solo.
  Su rostro se relajó a medida que recuperaba algo de paz. Enfocó la vista en la mesa. El mapa que había estado estudiando estaba escondido bajo el café volcado. Suspiró.
  Un golpe a su espalda y su segundo al mando ingresó en la tienda.
  —Señor —lo saludó hincándole los ojos—. Han regresado los soldados de avanzada.
  El general esperó. Miradas trabadas. Silencio.
  —¿Y? —dijo el general.
  El capitán torció el gesto.
  —No son buenas noticias.
  Otra pausa.
  —¿Hay algo en particular que esté esperando, capitán, para terminar de dar el informe? —crujió la voz del general.
  El capitán hesitó imperceptiblemente.
  —Llegaron al lugar que habíamos planeado, el enemigo digo, y ocuparon la ubicación que hubiéramos querido para nosotros.
  —Eso no es tan malo. Habíamos contemplado esa posibilidad —frunció el ceño—. Aunque me asombra que se hayan movido con tanta rapidez.
  Se volvió para mirar la cartografía.
  —Voy a necesitar otro mapa. Y más café.
  Luego de unos minutos, el general notó que el capitán no se había retirado.
  —Ya informaré la acción a seguir —gruñó—; por ahora, las órdenes permanecen.
  —Son el doble de hombres que creíamos.
  —¿Qué…? ¡Maldito imbécil! —se abalanzó sobre el capitán—. ¿Por qué no me lo dice todo de una vez?
  El capitán se masajeó la mandíbula.
  —Hace tanto que no duermo —murmuró.
  —¡Ninguno de nosotros lo hace! —el general sentía que la piel volvía a quedársele chica—. ¡Tráigame el mapa y el café!
  El capitán dudó, y luego salió lentamente de la tienda. El general se aferró a al respaldo de una silla. Los brazos le temblaron. Rechinaban los dientes. Los oídos, tapados.
  —Déjalo salir —musitó.
  Entreabrió los ojos y vislumbró el mapa. La batalla estaba cerca. Se observó las ventas latientes de sus manos. En momentos como ese deseaba estar en medio de la lucha. Era lo único que calmaba esos accesos de dolor. La euforia, el caos, la confusión, los gritos. Todo aquello lo llenaba de alegría. Respiró.
  Una sonrisa estiró sus labios: aquella sería una batalla para disfrutar.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en febrero de 2011.


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Apesta


Cuentos_logo
 
  Sangre. Gustavo miró a su alrededor. La habitación estaba repleta de sangre. Salpicada en el techo, escurrida en las paredes, desparramada por el piso. Gustavo arrugó la nariz, la minúscula ventana del cuarto no servía mucho. Estaba solo, parado justo debajo de una bombilla amarillenta. Dejó que los minutos corrieran en silencio.
  —Detective —sonó una voz enclenque desde el corredor—, llegaron los forenses.
  Gustavo se volvió con lentitud hacia la puerta abierta, tres personas se apiñaban en la entrada, dudando. Frunció el ceño. No los conocía y eran jóvenes, demasiado jóvenes.
  —Pasen —murmuró.
  El equipo forense se apresuró a ingresar a la habitación, y luego quedó congelado. Tres pares de ojos se abrieron desmesuradamente. Gustavo esbozó una leve sonrisa.
  —Quiero un informe preliminar en una hora —dijo y salió del cuarto.
  Los jóvenes reaccionaron, uno de ellos dejó caer su equipo y lo levantó rápidamente, con el rostro enrojecido. El detective no se dio vuelta. Alcanzó el pasillo a la vez que sacaba un paquete de cigarrillos de su chaqueta. Cuando salió del edificio, ya aspiraba el fuerte humo; se sentó en la escalinata de acceso.
  Había tres autos de policía estacionados en la calle, el suyo lo había dejado en la esquina, donde ahora también estaba la camioneta que había traído a los forenses.
  Poco después sintió que alguien se sentaba a su lado. Un tenue perfume floral se mezcló con el vaho de su cigarro.
  —¿Suerte?
  —Ni la más mínima —suspiró Agustina—. Nadie escuchó nada, nadie vio nada.
  Gustavo asintió. Su compañera no añadiría nada más hasta que él le preguntara. Se conocían. Respetaban sus silencios. Él terminó su cigarrillo y se levantó, caminó tranquilamente hacia su auto. Agustina lo siguió.
  —¿En qué estás pensando? —soltó él de repente.
  —Me pregunto qué hará con los cuerpos. ¿Cómo puede ser que nunca encontremos uno? Ya llevamos un año en este caso.
  Gustavo abrió la puerta del acompañante y Agustina se instaló en el asiento con una profunda exhalación. Él cerró la puerta con un golpe seco y dio la vuelta por detrás del coche. Se detuvo un momento frente al baúl y luego entró por el lado del conductor.
  —Es cierto —dijo acomodándose frente al volante—, es difícil esconder tantos cuerpos —miró el baúl a través del espejo retrovisor—, muy difícil.
  —¿Tu lugar o el mío? —preguntó Agustina mientras él encendía el motor.
  —El tuyo, el mío últimamente apesta.
  —Deberías dejar el cigarrillo.
  —Tal vez —una sonrisa oblicua apareció en sus labios a la vez que miraba nuevamente en el espejo retrovisor y arrancaba—, tal vez sea eso.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en noviembre de 2010.


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Es simple: ya nada importa


Cuentos_logo
 
  La verdad era simple. Tan simple que lo dejaba perplejo. Las pruebas eran irrefutables; el testigo, intachable. Él la había matado. Así de simple eran las cosas.
  Después de años de amor, paciencia, cariño, tolerancia, afecto, ¿qué quedó? Una camisa hecha jirones, un pantalón bañado en sangre, un cuchillo que nunca más se utilizaría para cocinar y… ah, sí, un cadáver. Una copia fría y desabrida de la que había sido su compañera durante veinte años.
  «No está bien que pienses así —se dijo Rodolfo—. ¿Cuándo te volviste tan frío?»
  Sí, esa era la verdadera pregunta. ¿Cuándo se había vuelto tan indiferente? ¿Cuándo todo había dejado de importarle?
  El teléfono sonó, acusador, insistente. Él contestó por costumbre.
  —¿Juana?
  —Juana no puede contestar ahora.
  —¿Rodolfo? Habla Mariana.
  —Hola, Mariana.
  —¿Estás bien?
  —No lo sé —el tubo se le resbalaba y se limpió la mano en la camisa—, me siento raro.
  —Tal vez deberías acostarte. ¡Estos cambios de clima! Uno nunca sabe cómo va a estar el día, no sabe qué va a pasar.
  —Es cierto —murmuró Rodolfo—, uno no lo sabe.
  —¿Está Juana?
  —No, ya no está.
  —Uf —resopló Mariana—, tenía esperanzas de encontrarla antes de que fuera al gimnasio. Ya que estás en casa, ¿le puedes avisar que no venga? Es que me había olvidado que tenía turno con el médico.
  —Está bien, no te preocupes, no va a ir.
  —¡Eres un amor! Ojalá mi marido fuera así, a él le molesta todo. Juana tiene suerte al tenerte, eres un hombre muy paciente.
  —Sí, supongo que sí.
  —Bueno, tengo que dejarte. Hazme caso y descansa un poco. Besos.
  —Adiós.
  Rodolfo colgó perezosamente.
  —Sí —musitó—, voy a acostarme.
  Esquivó el charco del comedor.
  «Me ocuparé de eso después, tal vez… no importa, no en realidad.»
  Se echó en la cama con la ropa puesta. Las sábanas se mancharon, pero ya no habría nadie que se lo recriminara. En verdad, no importaba.
  «¿Por qué habrá sido que a Juana le parecía tan importante?», se preguntó mirando el techo.
  Cerró los ojos. No recordaba lo que había pasado, no había sentido nada en especial.
  «¿Entonces por qué…? —suspiró—. No importa, ya nada importa.»
  Se acomodó ente las mantas y se sumió en un sueño profundo.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2011.


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Cita en las ruinas


Cuentos_logo
 
   La brisa movía tímidamente las hojas sueltas. Vivian deseó que fuera fresca, pero se le pegaba en la piel, en la cara, en los brazos, enrojeciéndola más que un sol furioso.
  Buscó otra roca contra la cual apoyarse pero todas mantenían todavía el calor del día. Vivian miró hacia el cielo, la luna ya había terminado de salir. ¿Cuánto más tendría que esperar?
  Escudriñó el camino que llevaba hasta las ruinas donde estaba; nada se acercaba. Suspiró y volvió a cambiar de posición.
  —No deberías apoyarte en esas piedras —dijo una voz repentinamente cerca.
  —¡Diablos! —saltó Vivian.
  Un joven de alrededor de veinte años estaba a su lado; el muchacho puso un dedo sobre los labios de ella.
  —Diablos —susurró él—, y demonios, y espíritus… muchas cosas rondan por aquí así que no hables tan alto.
  Ella se sonrojó, pero no se notó en la oscuridad. Vivian movió los labios con lentitud, sin emitir sonido, y él sacó la mano con rapidez. Segundos después, él estaba a varios pasos de ella.
  —Creí que no vendrías —dijo Vivian acercándose al muchacho.
  El joven la miró con fijeza, la brisa se había detenido.
  —Lo prometí —dijo él—, y yo siempre cumplo mis promesas.
  Vivian sonrió y se acercó un poco más, mirando a su alrededor.
  —Es un lugar extraño —dijo ella—, pero podemos estar seguros de que nadie nos molestará.
  —Es un lugar especial —dijo él.
  —Algunos creen que está maldito —dijo ella tocando una de las piedras, el joven se estremeció—, pero yo no tengo miedo.
  —No —dijo él—, tú eres diferente; tú también eres especial, como este lugar.
  Vivian sonrió de vuelta, con la luna reflejándose en sus negros ojos. Ya estaba frente a él.
  —Tú también —susurró dejando sus labios entreabiertos, mientras se ponía de puntillas.
  El joven tomó el rostro de ella entre sus manos. Vivian cerró los ojos.
  —Esta noche también es especial —murmuró él—, es nuestro aniversario.
  Vivian parecía no escucharlo, se irguió todavía más en punta de pies. Él se inclinó y la besó con lentitud. Las piedras de las ruinas refulgieron.
  —Nuestro aniversario requiere algo especial —susurró él llenando la cara de ella con besos—, sangre joven, sangre nueva.
  —Sí —dijo ella aún con los ojos cerrados y sonriendo.
  Ella lo besó otra vez, y las piedras ardieron. Figuras en las sombras comenzaron a agitarse a su alrededor. Él se apartó de ella.
  —Lo siento, Vivian, pero no puedo evitarlo, el ritual debe cumplirse con cada aniversario.
  —Lo sé —dijo ella abriendo los ojos.
  Una sonrisa oblicua adornó el rostro de Vivian.
  —Es la noche en la que verdaderamente puedo alimentarme —dijo ella mientras abría una boca enorme, deformada, y sorbía al joven en su interior, junto con el resto de las almas que habitaban las ruinas.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2009.


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