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Huye, corre, salta


Cuentos_logo
 
   —¡Corre! ¡Corre! —las voces retumbaban a su alrededor y ella las obedecía.
   El bosque estaba raído y frías ráfagas de viento lo recorrían sin encontrar resistencia. El frío lanzaba latigazos a su rostro mientras las ramas de arbustos raquíticos fustigaban sus piernas.
   —¡Corre! ¡Corre! —rebotaban las sílabas en los troncos resecos y la tierra volátil.
   Ella luchaba para llevar aire a sus pulmones y a sus piernas para mantenerlas en movimiento. Con los ojos abiertos al máximo, trataba de encontrar un camino en la oscuridad creciente.
   De golpe, se detuvo. Había un precipicio frente a ella, y un lago en el fondo. Un lago claro e inmóvil donde la luna comenzaba a repetirse. El viento se arremolinó a su alrededor y ella se abrazó a sí misma.
   —Salta —susurraron las voces en su oído—. Salta.
   Tomó impulso, corrió hasta el borde, y se detuvo.
   —¡Salta!
   El viento la empujó hacia el agua, pero ella se resistió. La luna nadaba en el centro del lago, una luz chorreante que goteaba poco a poco un recuerdo en su mente.
   —¡Salta! ¡Salta!
   —No —murmuró ella y retrocedió un paso.
   —¡Salta!
   El viento la adornó con hojas secas que se prendieron en su cabello, pesaban tanto que la hacían inclinarse hacia adelante.
   —¡Salta!
   La luz lunar casi llegaba a la orilla, como si buscara trepar por el precipicio.
   Y de repente, ella estaba en una habitación vacía. Una pequeña ventana en lo alto, la luz ingresaba por allí, bañándola.
   El viento silbó y ella volvió a la realidad: el bosque, el lago, y las voces.
   «Corre, salta…, pero por qué, ¿por qué debería hacerles caso?»
   Retrocedió otro paso. El viento seguía vibrando y murmurando a su alrededor, riendo entre dientes. Ella dio la espalda al lago y caminó hacia el bosque. Solo recordaba que debía huir.
   —¡Corre!
   Ella pegó un salto y comenzó otra loca carrera. El bosque era eterno, indiferente.
   —¡Corre! ¡Corre!
   Llegó a una cabaña deshecha, la puerta estaba abierta. Entró empujada por el viento. La puerta se cerró a su espalda.
   —Sabía que volverías —una voz sedosa le habló al oído.
   Se volvió para encontrar la cara sonriente de un hombre de mediana edad.
   —Te dije que no había ningún lugar a donde ir.
   Ella retrocedió hasta que la espalda tocó la pared. Detrás del hombre había una pequeña ventana a lo alto, la única de la habitación.
   —Huye, corre, salta —dijo el hombre con sorna—. Huye, corre, salta —sonrió—, tu novio realmente creyó que tenías una oportunidad.
   Ella miró a su alrededor, unas piernas maltrechas se divisaban en una esquina, sobre un charco.
   Huye, corre y salta al lago, le había gritado su novio mientras se trenzaba en lucha con aquel hombre que ahora la miraba sonriente. Huye, corre, salta.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en marzo de 2012.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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A la luz de la luna


Cuentos_logo
 
   Estaba en un claro del bosque. Un claro profundo y asfixiante. Se incorporó de un salto. Ni un mísero rayo de luna hacía mella en esa oscuridad. Aquella maldita luna. Benjamín dio vueltas en vano, cualquier dirección que tomara sería lo mismo. Avanzó unos pasos. El tobillo comenzó a dolerle.
   —¡Maldición! —murmuró—. ¡Maldición! ¡Maldición!
   Cerró los ojos, inspiró profundamente y escuchó un ruido. Susurros, a sus espaldas.
   «Tal vez son las hojas» —pensó— «y el viento». Pero no se movió, y trató de controlar su respiración. El ataque podría ser en cualquier momen…
   ¡Cayeron sobre él como un manto! Miles de púas que se le clavaban en la piel, hincando e hincando más profundamente. Cayó al suelo ahogando un grito. Cuando creyó que ya no lo podía soportar, que sería vencido por la piadosa inconsciencia… el dolor cesó y una risa se oyó a lo lejos. Una carcajada que sacudió sus cabellos.
   «¿Cuánto tiempo más?» —se preguntó. ¿Cuánto podía durar una noche?
   Años, siglos, eso era lo que venía durando desde que había comenzado unas pocas horas antes, cuando se había reunido con sus cuatro compañeros, para olvidar las normas. El mejor grupo del último año, próximos magos y hechiceros. Benjamín, el nigromante más prometedor, había decidido probar un nuevo hechizo. Habían llegado al bosque al atardecer y habían esperado hasta que la luna saliera completa. Benjamín no le había dicho a ninguno de ellos de quién eran los huesos que estaban en el centro del pentagrama. No podía esperar a ver la cara de sus amigos cuando aquellos huesos se irguieran frente a ellos. Cuando él resucitara al más temible… 
   —Xavier —murmuró. Su mejor amigo había sido el único en sobrevivir al primer golpe, cuando Gustav había dado un paso atrás—. Un paso atrás del maldito círculo protector —dijo entre dientes—. ¡Estúpido, Gustav!
   Xavier había actuado con rapidez y ambos habían logrado correr lejos de allí mientras los gritos de sus amigos inundaban el bosque. Le había llevado unos minutos darse cuenta de que Xavier ya no corría a su lado. Se levantó a duras penas y trató de borrar de su mente la imagen de la cabeza de su amigo rodando por el piso. No lograría salir del bosque con vida. Cojeó unos metros y sintió unos dedos huesudos cerrarse en su muñeca. El vaho llenó sus narices antes de una voz descascarada escupiera en su oído.
   —Lo lograste, pequeña rata. ¿No estás feliz de ser tan condenadamente bueno que lograste traerme a mí?
   Benjamín se resistió, se mareó, trató de volverse y luego lo enfrentó.
   —Lo soy —dijo con la poca firmeza que le quedaba—. Ahora, termina con esto.
   La risa retumbó entre las sombras y a Benjamín se le revolvió el estómago.
   —No, tú no morirás. Verás, yo no quería venir, pero tampoco quiero irme.
   Benjamín sofocó un grito cuando sus huesos comenzaron a arder y a disolverse, podía sentir cómo se quedaba vacío. Y luego se llenaba a de vuelta…
   —¡No! Sal de aquí, sal de aquí. —Pero las palabras no salían de su boca, lo que sí sintió fue sus labios curvarse en una sonrisa.
   —¿Por qué? —escuchó que decía su propia voz—. ¿Acaso no querías ser el mejor, el más grande? —Su risa explotó en la noche—. Serás famoso, te lo prometo.
   —No, no, no —repetía débilmente Benjamín, mientras su cuerpo se movía fuera de su control, fuera del bosque, aullando a la luna que había vuelto a mostrarse. Aquella maldita luna llena que ahora sí iluminaba su camino.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2011.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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Transformación lunática


Cuentos_logo
 
   La transformación había sido terrible. Aún le dolían todos los huesos, y su sangre corría como lava a través de sus venas. Gruñó por lo bajo y, luego, alzó el hocico para oler el aire a su alrededor. Había olor a humano, cerca.
   Refunfuñó en ansiedad y trató de divisar alguna sombra que no perteneciera a los árboles. Avanzó suavemente sobre las hojas, como levitando. No veía nada, no oía nada, pero su olfato era claro: había una presa cerca. Dejó que el olor de su víctima le guiara. Algo le decía que se trataba de un hombre, joven, probablemente dulce…
   La suave brisa nocturna se deslizaba sobre su lomo y sobre sus costados. Su pelaje no lo protegía como otras veces. Pero él sabía que su transformación había sido completa, lo sentía. Tal vez fuera el invierno que se había anticipado. No importaba, pronto entraría en calor. Su presa correría. A él le encantaba esa parte…
   Oyó un ruido de hojas rotas y se detuvo. Sus orejas trataron de erguirse pero las sintió tensas. Todavía no veía nada, y el sonido había sido débil, pero el aroma era fuerte: su presa estaba muy cerca. Tal vez escondiéndose detrás de alguno de los enormes árboles. Siguió avanzando y escuchó ruido de pasos, amortiguados, pero allí estaban. Avanzó con cautela, el hocico pegado al suelo.
   De repente el aroma se hizo más fuerte, justo detrás de un gran árbol. Rodeó el tronco con sigilo, y se abalanzó de un golpe. Sus dientes chocaron entre sí con una fina piel entre ellos. Una de esas pieles desmontables que usaban aquellas presas tan raras. Había muchas allí, un pilón. De ahí provenía el olor. Olisqueó alrededor, alzando el hocico al viento, pero no había más rastro que el que yacía entre sus patas. Enfurecido, aulló a la luna, oculta tras rosas nubes y desgarró aquellas pieles falsas.
   Cuando se hubo calmado, recordó que esas criaturas no solían dejar sus pieles por allí. Así que debería andar cerca. Descubrió sus colmillos en actitud amenazante y comenzó a merodear otra vez. No tardó en oír ruidos otra vez. Pasos que se apagaban cada vez que se detenía. Sus orejas todavía no se erguían con facilidad, tal vez porque aún sentía demasiado frío. Su presa parecía estar burlándose de él y aquello no le gustaba.
   Aulló a unas estrellas pálidas sin luna y se lanzó en una loca carrera. Los pasos se hacían más fuertes. El frío se mezclaba con los rasguños que le dejaban los árboles en su lomo, y sus patas se hicieron débiles. Pero siguió corriendo, lo conseguiría. El olor era lo único que era constante. Siempre cerca pero sin llegar a alcanzarlo. Corrió hasta que sus músculos dijeron basta, pero corrió un poco más.
   Llegó a un claro del bosque donde había un pequeño lago y se acercó empujado por la sed. Su lengua no había tocado aún el agua cuando vio a su presa allí, y se lanzó tras ella.
   Encontraron su cuerpo al día siguiente. Flotaba boca abajo en el lago del principal parque de la ciudad.

   —¿Qué sucedió? —preguntó un forense acercándose con su maletín.
   El jefe de la seguridad del parque le saludó brevemente.
   —Lo encontró uno de los muchachos. Hay un montón de ropa desperdigada no lejos de aquí —dijo señalando hacia los árboles—, parece ser que decidió tomar un baño a la luz de la luna.
   Ninguno sonrió mientras observaban cómo sacaban el cuerpo del lago.
   —No es la primera vez —dijo el jefe encogiéndose de hombros—, es sólo otro lunático.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en diciembre de 2009.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

Este cuento forma parte del recorrido del invierno, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

Este cuento forma parte del recorrido de la sangre, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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Una casita encantadora


Cuentos_logo
 
   Era una casita adorable. La miraron con ojos enamorados, como se miraban el uno al otro. Hacía horas que comían en el valle, sentados uno frente al otro. Disfrutando cada bocado durante una eternidad, mientras contemplaban aquella casita perdida entre tanto verde.
   —Así me gustaría vivir —susurró ella—. En una linda casita, rodeada de verde —se volvió hacia él con los ojos llenos de luz—; sería como un enorme jardín.
   —Hermoso —murmuró él, sin saber a quién aplicaba esa palabra y decidiéndose a que se refería a todo.
   No había nadie más en aquel extenso valle. Más allá de la casita, se asomaba el comienzo de un bosque. Hacia el otro lado, lejos de la pareja sentada, estaba el camino que los había llevado hasta allí. El camino que partía del pueblo donde estaban vacacionando.
   —Tanta paz —murmuró ella y mordió una manzana.
   —Hermoso —dijo él nuevamente, mientras miraba la mandíbula de su enamorada y se prometía construirle una casita así.
   El resto del día se desvaneció ante sus ojos y pronto se vieron amenazados por la noche.
   —Deberíamos volver —dijo él con cautela, pero sin moverse.
   —Sí —dijo ella, pero tampoco se movió.
   La oscuridad se avecinaba a zancadas.
   —Ya casi es de noche —dijo él, amagando a levantarse.
   —Qué hermosas se verán las estrellas desde aquí —murmuró ella.
   Él se sentó.
   Pero las estrellas no aparecieron, la noche llegó nublada. En minutos, los enamorados alcanzaban a percibirse, pero ya no se veían.
   —Lloverá en cualquier momento —dijo él y, esta vez, sí se levanto.
   Ella se movió con pereza, pero guardó las pocas cosas que encontró en la canasta y se dispuso a seguirlo.
   Él miró a su alrededor, seguro de que el camino estaba detrás, pero antes de que pudiera decir algo, grandes gotas de lluvia caían sobre él.
   —¡Corre! —dijo haciendo caso de su propia orden.
   Ella se guio por su oído y corrió tras él, segura de que su amor la guiaría. El corría alejándose del agua, suponiendo que ella lo seguía. Por suerte, ambos corrían hacia el mismo lado.
   En pocos minutos, y sólo un poco empapados, llegaron a la casita solitaria.
   —Perfecto —murmuró ella, y él golpeó a la puerta.
   No se oían ruidos dentro ni tampoco se veían luces a través de las ventanas.
   Él golpeó de nuevo mientras ella se pegaba a su lado tratando de esquivar la lluvia. Él se cansó pronto y probó el picaporte. La puerta no estaba trabada y se abrió con facilidad. La oscuridad allí dentro era impenetrable. Ellos se miraron entre sí y ella se apegó más a él.
   —¡Hola! —llamó él—. ¿Hay alguien aquí?
   Le respondió un eco: quí, quí, quí…
   —Qué raro —musitó él.
   Un fuerte viento los empujó dentro y antes de darse cuenta la puerta se cerraba tras de ellos.
   —¿Que pasó? —preguntó ella.
   Asó, asó, asó...
   —Nada —dijo él tratando de convencerse—, fue sólo el viento.
   Tiró de ella y trató de avanzar hacia la puerta.
   —¿Donde está? —murmuró poco después.
   Stá, stá, stá…
   —¿Qué cosa? —preguntó ella.
   Osa, osa, osa…
   —La puerta —dijo él—, debería estar justo aquí.
   Quí, quí, quí...
   Él la arrastró un poco más, ella lo siguió callada; pero la puerta no apareció.
   —Caminemos un poco más —dijo él.
   Más, más, más…
   Ella lo siguió.
   —¿Ves algo? —dijo él al cabo de un rato.
   Lgo, lgo, lgo…
   —No —dijo ella apretándose más a él.
   —Bueno —dudó él.
   Eno, eno, eno...
   —Tal vez —dijo él—, deberíamos caminar otro poco.
   Oco, oco, oco…
   Ella no estaba convencida, pero caminó tras él; su amor los guiaría.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en agosto de 2009.


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Este cuento forma parte del recorrido de la ventana, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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Cierra esa ventana


Cuentos_logo
 
   —¡Cierra esa ventana! —le gritó Mario a su mujer mientras movía el sillón para trabar la puerta—. ¡Rápido, corre!
   Marcela cojeó hasta la ventana, la cerró, bajó la persiana y corrió las cortinas. Luego, se rió sola. Mario la miró preocupado:
   —¿Qué sucede?
   —Corrí las cortinas —dijo Marcela con una sonrisa tensa—. Corrí las cortinas.
   Mario no hizo ningún comentario, pero miró a su esposa durante unos minutos más. La puerta se agitó violentamente tras el sillón y Mario volvió a la acción. Miró rápidamente a su alrededor.
   —Ayúdame —le dijo entonces a su mujer mientras se encaminaba hacia un pequeño escritorio en una esquina de la habitación.
   Marcela obedeció sin preguntar nada, hacía horas que lo único que conseguía hacer era seguir sus órdenes. Si hubiera estado sola no sabía qué hubiera hecho, si hubiera estado sola, ahora estaría…
   —Vamos, Marcela —la apremió Mario levantando uno de los extremos del escritorio.
      La puerta seguía convulsionándose y el sillón amenazaba con moverse en cualquier momento. Llevaron el escritorio a duras penas hasta la puerta, y lo colocaron encima del sillón. La puerta se calmó un poco, pero todavía temblaba. Mario miró a su alrededor nuevamente.
   La única habitación de esa cabaña no tenía más muebles que una silla y una cama. Sólo había dos ventanas, la que había cerrado Marcela y otra que parecía haber sido tapiada hacía largo tiempo. La cabaña parecía haber estado abandonada durante años.
   «¿Y cómo no iba a estarlo? —pensó Mario—. Con lo que vive allá afuera, en los bosques
   Miró a su mujer que permanecía parada mirando a la puerta estrujándose las manos entre sí. Jamás la había visto tan asustada, jamás había visto a alguien tan asustado. Su mirada se desvió hacia la pierna de Marcela. Allí donde había alcanzado a agarrarla la criatura, se abría una larga herida que todavía sangraba a pesar del torniquete.
   —Ven —le dijo Mario a su mujer mientras le tendía una mano—. Ven, siéntate aquí —repitió y la condujo hacia la cama.
   Marcela se sentó a su lado. Seguía estrujándose los dedos que estaban sucios y con manchas de sangre reseca. Mario desató con suavidad el nudo de la venda atada en la pierna de su esposa y revisó la herida. Era bastante profunda y no dejaba de sangrar.
   —Voy a tener que ajustarlo un poco más —le dijo a Marcela, pero ella tenía la mirada clavada en la puerta.
   Mario miró la puerta de reojo mientras ataba la venda, había dejado de moverse, pero su calma era inquietante. Terminó de ajustar el torniquete sin que su mujer emitiera un sonido, y se acercó con cautela a la puerta. No alcanzó a oír ningún ruido detrás de ella, pero no creía que se hubiera ido.
   «Debe de estar planeando algo», pensó Mario. Se acercó a la ventana tapiada. Estaba herméticamente cerrada y tampoco se escuchaban ruidos detrás de ella.
   Se acercó entonces a la otra ventana. Corrió las cortinas con cuidado.
   Se atragantó con su propio grito. La persiana ya no estaba y sólo el débil cristal los protegía del exterior. Estaba tan oscuro que no se veía nada, pero estaba seguro de que la criatura seguía allí.
   «¿Cómo pudo sacar la persiana sin hacer ruido? —se preguntó—. Sólo no lo habríamos escuchado si lo hubieran tapado los golpes a la puerta. ¿Pero cómo podía estar en dos lados a la vez?»
   Mario miró la puerta y luego de vuelta a la ventana sin persiana, entonces se dio cuenta.
   —¡Maldición! —murmuró—. Debe de haber más de una de esas criaturas.
   Entornó los ojos, pero era imposible distinguir algo en esa oscuridad tan profunda.   
   «¿Cuánto falta para que amanezca?», se preguntó mirando su muñeca, pero su reloj ya no estaba allí, lo perdió en algún momento mientras luchaba por liberar a Marcela.
   «Marcela.»
   Se volvió hacia su mujer que seguía sentada en la cama. Sus aterrados ojos ahora estaban clavados en la ventana. Sus labios se movían, pero no eran capaces de emitir ningún sonido.
   Mario la miró con pena. Cuando la conoció, le había jurado protegerla, pero no de esto.
   «¡Dios! —se dijo—. ¿Cómo podría alguien protegerla de esto?»
   Dio unos pasos hacia ella, pero Marcela se movió hacia atrás levemente y sus ojos se abrieron aún más. Mario se volvió para mirar la ventana. Estaba abierta.
   «¿Cómo?», se preguntó y, sin pensarlo, se dispuso a cerrarla.
   Marcela, todavía sin pronunciar una palabra, movía los labios frenéticamente a espaldas de Mario que avanzaba hacia la ventana.
   Mario puso la mano en la ventana y entonces algo cayó sobre él, tirándolo al piso. Ni siquiera la notó saltar. La tenía encima, con todo su peso. Le había tomado por la muñeca, donde clavaba sus garras. La criatura, con su otra zarpa, le sostenía la cabeza contra el suelo. Un aliento cálido y fétido subió por su cuello.
   Mario sintió otro peso caer sobre sus piernas, unas garras se apoderaron de sus muslos y él ya no se pudo mover. Su mirada se dirigía, sin poder evitarlo, hacia la cama donde Marcela seguía sentada, sus ojos abiertos de terror y estrujándose las manos. Los labios de su mujer todavía se movían sin sonido y Mario, en esos últimos segundos, pudo entender lo que decían.
   —La ventana no tenía traba, no tenía traba, y entonces corrí las cortinas.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en enero de 2009. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


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El regalo del unicornio


Cuentos_logo
 
   —Magia —dijo Melvin mirando a sus hermanos—, eso es lo que haré, trabajaré con la magia.
   Sus tres hermanos mayores se rieron a la vez.
   —¿Y cómo harás eso? —dijo Alvin, el mayor—. Tú no naciste mago.
   —Y tampoco tienes dinero para convertirte en uno —dijo Carl, el segundo.
   —No necesariamente hace falta nacer mago ni tener dinero para serlo —dijo Melvin—; sólo es necesario conseguir que un unicornio se te acerque.
   Sus hermanos se rieron nuevamente.
   —¡Cómo si eso fuera fácil! —dijo Alvin.
   —Ni siquiera los más consumados magos lo logran —dijo Carl.
   —Además —dijo Hans, el hermano que sólo le llevaba dos años a Melvin—, sólo se dejan ver y tocar por una doncella virgen. Sé que eres virgen, pero no sabía que eras mujer.
   Todos los hermanos estallaron en carcajadas. Esto aumentó la determinación de Melvin que, apretando los dientes, dijo:
   —Ya verán.
   Y se alejó de allí mientras sus hermanos se desternillaban de risa. Se dirigió al bosque que empezaba a pocos metros de su casa. Hacía años que no había ningún animal peligroso por allí así que Melvin caminó sin miedo, sin rumbo.
   —Ya verán —murmuraba para sí.
   Marchó durante horas sin mirar a su alrededor, sin pensar en nada más que en repetir la conocida rima:
          «Si quieres la magia de un unicornio conseguir;
          recuerda, no lo debes seguir.
         Su regalo sólo gratis da,
         cuando es él quien por ti va.
          No importa lo que tus instintos digan,
          quédate quieto y no lo sigas.»
   Cuando el sol comenzaba a debilitarse, llegó a un pequeño lago. Melvin se despertó de su ensoñación. No recordaba ese lago, pero no solía pasar mucho tiempo en el bosque, al menos no más allá que a unos metros de la casa. Era un lago tranquilo y Melvin decidió sentarse a contemplarlo un rato.
   Sabía que lograría hacer callar a sus hermanos pero… ¿cómo? Ansiaba tanto poseer magia, ser especial. Miraba sus manos con impotencia cuando escuchó un ruido cerca de él. Levantó la vista y lo vio. Era tan blanco y tan… pequeño.
   «No es más que un potrillo», pensó Melvin, pero no había dudas, un pequeño cuerno se elevaba en su frente.
   Melvin se concentró en mantenerse inmóvil mientras el pequeño unicornio se acercaba al lago. Sabía que no debía moverse, que debía dejar que él se arrimara… si quería.
   «Los haré callar —se dijo Melvin pensando en sus hermanos—, ya no podrán reírse de mí.»
   De pronto, el unicornio alzó su hocico y olfateó el aire. Luego lo miró a Melvin, con sus ojos plateados. Melvin tembló.
   «Es tan hermoso —pensó—, y está tan cerca…»
   El pequeño unicornio tembló a su vez, y Melvin vio miedo en esos ojos plateados. En un rápido movimiento el unicornio se echó hacia atrás y salió a la carrera. Melvin lo vio tropezarse con unas rocas y disminuir su marcha.
   —No —murmuró Melvin y, sin pensarlo, se levantó y lo siguió.
   Lo encontró cerca de allí, todavía avanzaba pero rengueaba. Melvin se acercó a él con cuidado. El pequeño unicornio se volteó y volvió a mirarlo con esos ojos plateados que ahora sufrían. Melvin trataba de moverse con lentitud mientras mantenía una sonrisa amigable en su rostro. El unicornio temblaba, pero no trató de huir. Melvin se arrodilló cerca de él y manteniendo las manos entrelazadas en su espalda trató de ver la pata que el animal tenía recogida. Vio una esquirla de piedra clavada. Acercó una mano con cautela, siempre cuidando de no tocarlo. La esquirla no estaba clavada con profundidad y pudo sacarla sin mucho esfuerzo. Luego, con la misma cautela, se alejó. Esos ojos plateados seguían clavados en Melvin; y luego, sobre Melvin.
   Melvin se volvió: un unicornio adulto estaba detrás él. El pequeño unicornio se acercó al otro. Melvin creyó que sus ojos no podrían resistir tanta belleza. Los contempló hasta que sus ojos le dolieron y tuvo que cerrarlos. Cuando los volvió a abrir, estaba oscuro pero ya no estaba en el bosque sino que estaba en su cama. Podía oír voces a su alrededor y lo que parecía ser los sollozos de su madre.
   —¿Cómo sucedió? —preguntó una voz autoritaria.
   —Como no volvía para la cena —dijo Carl—, lo fuimos a buscar. Estaba sólo a unos metros de la casa. Los ojos abiertos, la mirada perdida…
   —Pues es muy raro, tal vez estuviera incubando algo…
   Los lamentos de su madre se hicieron más severos.
   —¿Está seguro de su diagnóstico, doctor? —preguntó Alvin.
   —Sí, este niño está ciego.
   Melvin se asustó, ¿estaban hablando de él? Estiró el brazo, los dedos como rayos.
   —¡No! —gritó con todas sus fuerzas.
   Su madre corrió hacia él pero se detuvo de repente al ver que todas las velas de la habitación se encendieron con un fuego azul.
   —¿Qué fue eso? —dijo Hans.
   —Parece —dijo Carl—, parece…
   —Magia —completó Alvin—. Esas velas arden con el color de la magia.
   Melvin se agitó en su cama. La imagen de los unicornios estaba impresa en su mente.
   —¡No! —continuaba gritando mientras los fuegos de las velas danzaban a su alrededor.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en octubre de 2008.
   Durante un tiempo, en el blog se llevó a cabo una encuesta donde se podía votar por el ser fantástico sobre el cual trataría el cuento de la semana. Este es uno de los resultados de aquel juego. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».
   También existe una hermosa ilustración hecha por Daniel Reyes que se puede ver aquí.


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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La venganza del hada


Cuentos_logo
 
   Eda se escondió mejor detrás del gran roble. Todavía no había aprendido a volverse invisible como las hadas adultas, así que debía esforzarse más para ocultarse de los hombres. Uno de ellos se acercaba; iba silbando una tonada que a Eda le pareció vagamente familiar. Lo espió desde detrás del árbol y pronto su curiosidad se convirtió en odio cuando vio el hacha que aquel hombre llevaba en sus manos. Eda lo vio sumergirse más profundamente en el bosque y, sin pensarlo más, lo siguió.
   El hombre había apoyado el hacha en un joven árbol mientras se arremangaba la camisa. Luego tomó el hacha con ambas manos y se preparó para golpear al árbol. Eda jamás había sentido tanto temor como cuando vio a aquel hombre esgrimir un hacha hacia el joven roble: su joven roble.
   —¡No! —gritó Eda mientras salía de su escondite.
   El hombre se volvió sobresaltado. El hacha cayó de sus manos cuando vio a Eda, su rostro expresaba tanto desconcierto como temor el de ella.
   —Eda —dijo él cuando fue capaz de reaccionar—, estás bien. ¿Qué estás haciendo aquí? —el hombre avanzó hacia ella—. Quise verte pero en el convento me dijeron que faltaba una semana antes de que pudieras recibir visitas…
   Eda retrocedió unos pasos.
   —¿Qué te sucede? —preguntó él—. Todavía estás muy pálida y tus ojos… ¿qué le sucedió a tus ojos?
   Él avanzó otro paso y ella retrocedió otros dos.
   —¿Qué te sucede? —insistió él—. Soy yo, Andre, tu marido.
   —No sé quién eres —dijo Eda—, sólo sé que quieres lastimar a mi árbol.
   —¿Lastimar? ¿Qué dices? —rió Andre—. Pero es cierto que es tu árbol, nuestro árbol, uno de los que elegimos para construir nuestra casa.
   Andre se acercó un poco más a ella.
   —Ah, ya verás qué hermosa casa te construiré.
   Pero Eda se alejó de él nuevamente y luego, con un súbito movimiento, corrió hacia el hacha y la tomó en sus manos.
   —¿Qué haces, Eda? —preguntó Andre.
   —No lo lastimarás —dijo Eda mientras blandía el hacha—, no lastimarás a mi árbol.
   —¿Acaso estás loca? —dijo Andre.
   —No —dijo una voz a su espalda—, no lo está. Sólo defiende a su compañero.
   Andre se dio vuelta y se encontró con una mujer de gran belleza. Era alta y con una piel tan blanca que parecía traslúcida. Sus profundos ojos, completamente negros, eran imponentes, atemorizantes.
   —¡Tú otra vez! —gritó Andre—. Te dije que te alejaras de nosotros.
   —Y yo te advertí que te alejaras de mi bosque.
   —Estás loca —dijo Andre y se volvió para acercarse a Eda—. Ven, vámonos de aquí.
      Pero Eda no se movió.
   —¡Vamos, Eda! —insistió Andre.
   —Ella ya no es tuya —dijo con calma la extraña mujer.
   Andre la ignoró y se acercó a su esposa, pero se paró en seco a unos pasos de ella. Ahora que estaba más cerca Andre pudo ver lo que había cambiado en la mirada de su esposa.
   —Tus ojos… —dijo él lentamente— son iguales a… —se volvió para enfrentar a la extraña mujer—. ¡Fuiste tú la quien la enfermó! ¿Qué le hiciste?
   —Ustedes no me quisieron escuchar cuando les advertí —dijo la mujer—. Mataron a uno de mis amados árboles, y querían más.
   —¿Qué le has hecho? —reclamó Andre.
   —Le mostré lo que le habías hecho a ese árbol, lo que significaba para mí, para nosotras. Ahora ella es una de las nuestras.
   —Estás loca —dijo Andre de vuelta y trató de asir a Eda—. Ven conmigo.
   —No sé quién eres —dijo Eda retrocediendo—, pero yo soy un hada, el bosque es mi hogar y este —apoyó la mano en el árbol— es mi compañero.
   —Ahora ellos están unidos de por vida —dijo la extraña mujer— como yo lo estoy con el gran roble.
   —Estás loca —repitió Andre, miró a Eda que aún blandía el hacha, amenazándolo—, ambas están locas —dijo entonces Andre, y salió corriendo.
   —Ven, hija mía —dijo la extraña mujer dirigiéndose a Eda—, actuaste bien.
   —Tuve tanto miedo —dijo Eda soltando el hacha mientras se acercaba temblando a aquella mujer.
   —Sí —dijo la mujer—, no hay nada más atemorizante que amenacen a tu árbol, serás una buena hada.
   —Ya soy un hada —dijo Eda con decisión—, ya no soy más una niña.
   —Por supuesto —dijo la mujer—, y ya es hora de que conozcas a las demás.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en septiembre de 2008.
   Durante un tiempo, en el blog se llevó a cabo una encuesta donde se podía votar por el ser fantástico sobre el cual trataría el cuento de la semana. Este es uno de los resultados de aquel juego. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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La ondina


Cuentos_logo
 
   —¿Cuánto tiempo dice que ha pasado ya? —preguntó Bianca.
   —Creo que diez años —contestó la vieja criada mientras continuaba lavando los platos.
   —Diez años —repitió Bianca, que estaba a su lado, secándolos—. ¿Y nunca más se supo de ellos?
   —No, pequeña.
   —Pero entonces, ¿cómo se sabe que no están muertos? —dijo Bianca.
   —Tal vez lo estén —dijo la anciana—, pero lo dudo, las maldiciones de las ondinas están hechas para durar.
   —Siempre y cuando sea cierto que ellas existan —acotó la joven.
   La vieja mujer dejó los platos por un momento y, sin levantar la mirada, emitió un largo suspiro.
   —Son más reales de lo que crees —dijo por lo bajo—, y te conviene nunca dudar de ello; al menos no lo hagas cuando es posible que ellas te escuchen. Su reina es bastante temperamental.
   —¿Cómo sabe eso? —preguntó Bianca acercándose un poco más a la mujer.
   —Sé muchas cosas, pequeña —dijo la vieja criada—, tal vez demasiadas.
   —Entonces, cuénteme, yo quiero saber todo. Especialmente la historia de ellos.
   La vieja mujer emitió otro largo suspiro.
   —Bien —dijo asintiendo lentamente—, pero no dejes los platos de lado, debemos terminar estas tareas.
   Bianca asintió enfáticamente, pero no dijo nada. Se acercó aún más a la anciana, expectante.
   —Como ya he dicho, todo comenzó hace alrededor de diez años… Esta es la historia, al menos como la conozco yo:

      Un joven se había detenido para descansar cerca de un pequeño lago. Lo miró largo rato antes de decidirse a probar suerte.
      «Dudo que haya muchos peces —pensó—. Es demasiado pequeño, y los peces también lo deben ser.»
      Utilizó una improvisada caña de pescar, metido dentro del lago con el agua hasta las rodillas. Se quedó allí durante horas.
      Cuando el día ya llegaba a su fin, junto con su paciencia, decidió salir del lago.
      «Está claro que hoy no comeré pescado», pensó.
      Pero no alcanzó a llegar a la orilla, cuando oyó un ruido a sus espaldas. Al volverse, notó un pequeño remolino en el agua, no muy lejos de donde él estaba.
      Todos sus instintos le decían que debía correr, pero la curiosidad fue más fuerte, y se quedó allí, observando. El remolino se hizo más fuerte durante unos minutos, y luego fue dispersándose a la vez que algo surgía de él.
      «Parece una persona», pensó el joven.
      Allí donde había estado el remolino, había una joven mujer. Parecía estar posada sobre el agua.
      «¡Por los dioses! —pensó el muchacho—. Es hermosa.»
      La mujer avanzó hasta el muchacho, y antes de que este pudiera reaccionar, se arrojó a sus brazos.
      —Dime que me amarás por siempre —dijo ella, con sus ojos verdes clavados en él—. Dime que me amarás por siempre.
      —Lo… lo… lo haré —alcanzó a balbucear el muchacho antes de fundirse en un beso con aquella extraña mujer.
      Tiempo después, el muchacho se despertó de repente. Estaba acostado, desnudo, sobre el césped, bajo un árbol. La mujer con la que había pasado las últimas semanas, estaba acostada al lado de él.
      —Eres tan hermosa —dijo en voz alta.
      Ella sonrió, aunque todavía tenía los ojos cerrados.
      —¿Dónde estamos? —dijo él.
      —No importa —contestó ella.
      —¿Qué día es?
      —Eso importa todavía menos —dijo ella, abriendo los ojos—. Lo único que importa es que estamos juntos.
      Ella se acercó para besarlo, y antes de que él pudiera reaccionar, ya estaban abrazados nuevamente. Pero no llegaron a consumar su amor, un ruido de pies que corrían los interrumpió.
      —¡Oh, lo siento! —dijo una joven muchacha deteniéndose de pronto, frente a ellos. Su cara se volvió morada al notar que ambos estaban desnudos—. Yo estaba… estaba… ¿saben en qué dirección se encuentra el pueblo?
      —No hay ningún pueblo por aquí —dijo la mujer—, vete y déjanos solos.
      —Perdón —dijo la muchacha—, yo sólo… perdón.
      Se volvió, y desapareció más rápidamente de lo que había llegado. El muchacho se quedó mirando el lugar donde la chica había estado parada.
      —Olvídala —dijo la mujer—, piensa en nosotros.
      El joven despertó a la mañana siguiente, bajo el mismo árbol, pero esta vez solo. Pronto recordó los eventos del día anterior.
      «¿Quién sería esa muchacha? —se preguntó—. Era muy bonita.»
      Se volvió cuando escuchó un ruido a su costado, pero era sólo un asustadizo conejo.
      «Es cierto —se dijo—. Ella mencionó un pueblo cerca de aquí. Debo tratar de encontrarlo, ya no sé cuánto hace que estoy aquí.»
      Se levantó tambaleando, se encontraba débil, y estaba desnudo. No encontró ninguna ropa para cubrirse.
      «No importa —pensó—. Si no trató de huir ahora, tal vez no lo logre nunca.»
      Caminó durante dos días enteros, antes de caer desmayado. Cuando despertó, se encontraba en una cómoda cama de sábanas limpias. Escuchó que alguien se movía a su alrededor.
      —Ya estás despierto —dijo una voz alegre.
      El muchacho movió la cabeza y vio la cara de aquella joven, era la misma que había tropezado con él en el bosque.
      —Parece que la fiebre bajó —dijo ella sonrojándose mientras le hablaba—, te encontramos en las afueras del pueblo, ¿qué te sucedió?
      —No lo sé —alcanzó a susurrar el muchacho.
      —No te preocupes —dijo ella—, puedes quedarte aquí hasta que te recuperes. La señora es muy amable y seguro podrás pagarle haciendo unos trabajos para ella.
      Las semanas pasaron casi con la misma velocidad que cuando había estado con aquella extraña mujer; pero ahora el muchacho podía recordar todos los días. Pronto, todos sus ratos libres los pasaba con aquella joven, generalmente daban paseos en el bosque cercano.
      —Es siempre hermoso por aquí —dijo ella apoyando sus manos en un árbol cercano.
      —No tan hermoso como tú —dijo él.
      Ella sonrió y se sonrojó un poco.
      —Deja de decir eso.
      —Pero es cierto —se quejó él—, y eso no es todo.
      Él se paró frente a ella, la tomó por los hombros, le dijo:
      —Significas mucho para mí, eres como el aire que respiro… te amo.
      Las mejillas de la muchacha ardieron todavía más, mientras sus labios se acercaban.
      —¡No! —dijo una voz chillona cerca de ellos.
      Los jóvenes se volvieron, una extraña mujer los señalaba con un dedo.
      —¡Tú me prometiste amarme para siempre! ¡Lo prometiste!
      El joven abrió los ojos desmesurados, aquella mujer era…
      —¡Lo prometiste! Y ahora dices que ella es el aire que respiras —los ojos de la mujer brillaban de furia—, pues bien, cumpliré tu deseo: ella será el aire que respiras, y tú serás el de ella; pero siempre y cuando uno de ustedes esté dormido. Si ambos están despiertos a la vez, morirán; si ambos están dormidos a la vez, morirán.
      La mujer desapareció segundos después, los amantes se miraron aterrorizados al notar que cada vez se les iba haciendo más difícil respirar.

   —¿Y qué pasó en ese momento? —preguntó Bianca, cuando creyó que la historia de la mujer había terminado—. ¿Uno de ellos se echó a dormir?
   La joven parecía estar al borde de la risa, pero la mirada de la anciana a su lado, evitó que se le escaparan las carcajadas.
   —Desde ese momento, uno de ellos tiene que estar dormido siempre. Sólo pueden verse, hablarse, durante los escasos minutos que logran soportar la falta de aire. Pero se dice que siguen juntos.
   —Bueno, no tienen otro remedio ¿o sí?
   La anciana la miró largamente antes de contestar.
   —No, no lo hay, al menos no hay ningún remedio que ellos deseen.
   Bianca se estremeció; pero su curiosidad aún no se había calmado.
   —Pero, ¿qué pasó con la mujer, la ondina?
   —Ella regresó al lago, siguió viviendo allí con su hermana, hasta que ésta se marchó detrás de otro mortal.
   —¿No se volvió vieja y murió? —preguntó la joven—. Creí que, según la leyenda, eso era lo que les sucedía si compartían el lecho con un hombre humano.
   La anciana, que ya había terminado de lavar los platos, se secó las manos en su delantal. Luego se acercó a una de las sillas y se sentó pesadamente.
   —Sólo si tienen un hijo de él —dijo por lo bajo—, sólo si tienen un hijo; aún cuando el bebé muera…
   La mujer se miró las manos arrugadas y marchitas.
   —Aún cuando el bebé muera, ella ya habrá renunciado a su inmortalidad, a su belleza…
   —Pues, yo no entiendo por qué alguien haría algo así —dijo la joven.
   Colocó el último plato en el estante cuando se escuchó que la llamaban del otro cuarto.
   —Yo no dejaría todo eso por un hombre —dijo Bianca antes de salir de la habitación.
   La anciana la miró mientras se iba, una dura tristeza se reflejaba en sus ojos.
   —Yo también pensaba lo mismo —dijo la vieja criada en un susurro—, yo también pensaba lo mismo.


   Este cuento se inspira en la leyenda de la ondina, correspondiente a la mitología germánico-escandinava.
   Se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en julio de 2008. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


Este cuento forma parte del recorrido del bosque, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

Este cuento forma parte del recorrido del beso, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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