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El invierno ya llegó


Cuentos_logo
 
   —Ya estamos en invierno —dijo la abuela meciéndose lentamente frente al fuego.
   —¿Cómo lo sabes, abuela? —Damián, sentado a sus pies, la miró con ansiedad.
   —Lo siento en mis huesos, hijo, lo huelo en el aire.
   —Todavía faltan semanas, madre —dijo una rubia mujer que se acercó a atizar el fuego—. Damián, ve a traer más leña para la abuela.
   El niño se levantó de un salto y salió corriendo de la habitación. La mujer se acercó a la anciana y acomodó las frazadas sobre sus piernas.
   —Ya estamos en invierno, hija, deben prepararse para las nevadas. ¿Cuántas provisiones tenemos almacenadas?
   —No te preocupes, madre —le dijo acariciando su mejilla—. Pedro se ocupará de todo, pero todavía faltan semanas para…
   —No —la mujer se aferró a su hija—, el invierno ya llegó, Marina. ¿Por qué no me crees? No estoy tan vieja.
   Marina mostró una sonrisa indulgente, pero sin mirarla.
   —Por supuesto que no, madre.
   Damián regresó a la habitación seguido de un hombre fornido y medianamente bajo.
   —Hay un viento de demonios fuera, creo que se acerca una tormenta.
   —Entonces estoy aún más alegre de que hayas llegado —Marina se acercó a él y le dio un rápido beso en los labios—. La cena ya está lista, la serviré en un momento. Damián, agrega leños al fuego y ayúdame a poner la mesa.
   Pedro se acercó a la chimenea
   —¿Cómo está, abuela?
   —El invierno ya llegó, hijo. ¿Están listas las provisiones?
   —No se preocupe, abuela, ya está casi todo listo, pero aún falta para el invierno.
   —No —la vieja sacudió la cabeza—, ya está aquí.
   El hombre sonrió y se acercó para levantarla.
   —Vamos, abuela, una comida caliente le hará bien.
   La cena transcurrió agradablemente; pocas palabras, platos vacíos. Pedro llevó a la abuela hasta su cama y Damián se demoró unos minutos para desearle buenas noches.
   —Tus padres no quieren creerme, hijo, pero el invierno ya llegó, a él no le importan los almanaques. Ve a buscar toda la leña cortada y la carne que se puso a secar fuera de la cabaña. Sé buen niño y tráela dentro.
   —Sí, abuela —dijo Damián con seriedad y corrió a ejecutar el encargo de la abuela.

   La mañana amaneció blanca, la puerta obstruida. El piso fuera casi llegaba al nivel de las ventanas.
   —Esto es muy raro —Pedro estaba parado frente a la ventana junto a su mujer.
   —¿Cómo pudo haber nevado tanto? —preguntó Marina.
   La abuela chasqueó la lengua. Los esposos se volvieron y la observaron meciéndose frente al fuego. Damián estaba a sus pies. Pedro suspiró.
   —Tal vez sea una nevada temprana, pero…
   —¿Pero? —dijo su mujer.
   —Por las dudas, debería ver cuánta madera puedo rescatar, la carne seguro está perdida.
   Marina miró por la ventana.
   —Iré contigo.
   —No, no hace falta —Pedro se puso en marcha enseguida.
   —Abrígate bien —murmuró Marina siguiéndole hasta la puerta.
   Allí estaba apilada toda la madera que Pedro había llegado a cortar hasta ese día y toda la carne que Marina había puesto en sal.
   —Hiciste un buen trabajo, Damián —dijo la abuela.
   Su nieto la miró con ansiedad y dejó escapar un gran bostezo. La abuela miró de reojo a la pareja y sonrió.
   —Un buen trabajo, hijo.
   —Gracias, abuela.
   —Yo dije que el invierno ya había llegado, ¿o no?
   —Sí, abuela, yo te escuché.
   —Es cierto, hijo, tú me escuchaste —siguió meciéndose frente al fuego; su nieto, a sus pies, la observaba.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en marzo de 2012.


Este cuento forma parte del recorrido del invierno, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

Este cuento forma parte del recorrido del beso, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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No me traicionarás


Cuentos_logo
 
   —Sabes lo que te sucederá si me traicionas—. Gabriel habló casi en un susurro, de espaldas a Juan, pero éste se sobresaltó.
   —Yo nunca…
   —Solo quería que lo recordaras.
   Gabriel se volvió y se dejó caer en el sofá, sin apartar los ojos de su subordinado.
   Juan se encogió, bajó la vista.
   —Lo sé —susurró.
   Gabriel se recostó y alzó los largos dedos de su mano donde apoyó la cabeza.
   —Puedes irte.
   Juan tuvo que despegar los pies del suelo mientras farfullaba unas apresuradas gracias. Le llevó una vida llegar hasta la puerta, y solo respiró cuando la cerró tras él. Aun así sintió un escalofrío al echarle una última mirada.
   Recorrió los extensos pasillos hacia la salida en solitario. El único sirviente de su amo aparecía nada más que para dejarlos entrar, nunca para permitirles salir. Juan alcanzó la entrada sin prestar atención a su camino.
   Fuera, lo recibió una noche de invierno. Se levantó las solapas del abrigo, hundió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza para embestir la noche.
   ¿Qué iba a hacer? No podía darle lo que quería, eso estaba claro. ¿Pero realmente podía huir? No conocía a nadie que lo hubiera logrado. Ni siquiera a alguien que lo hubiera intentado.
   Un grito a su izquierda lo sacudió. Se detuvo de golpe. Un coche, con un cochero en penumbras coronándolo, pasó rozándole las puntas de los pies. Juan se asustó y luego rio. Tenía preocupaciones más importantes y después de todo… después de todo esa no sería una mala forma de morir. Mejor que la que recibiría de su amo si lo abandonaba.
   ¡Pero él no iba a abandonar! Escupió al piso y retomó la marcha. ¿Por qué pensaba últimamente tanto en ello? Él nunca había abandonado ninguna de sus empresas. Sin poder controlarlo, recordó cuál era la pena por renunciar, casi la misma que por fracasar, pero entonces la mejor opción era…
   ¡No, no, no! Él no era un traidor, ni uno que abandonara. Se paró en el siguiente cruce y pateó el suelo.
   «¡Tiene que haber otra forma!»
   Cuando puso un pie para cruzar, escuchó el coche que se acercaba. Retrocedió y lo observó pasar, con detenimiento.
   «No —se repitió—. No puedo darle lo que pide y él lo sabe. ¡Maldita sea! Lo sabe.»
   Cruzó la calle enojado y murmurando para sí.
   Entonces ¿qué hacer? ¿Qué hacer? Si intentara huir y él… sintió que el cuerpo se le congelaba.
   «No puedo pensar en eso —se amonestó—. Si le digo que no puedo… —se rió para sí—, cómo si pudiera decirle eso (como si me animara). ¿Entonces…?»
   Se detuvo en otra esquina. El viento frío traía por la calle a un coche enloquecido. Juan lo miró y lo entendió. Lo comprendió. Esperó a que estuviera cerca, a que no pudiera detenerse.

   —Pase —dijo Gabriel sin mirar la puerta.
   El mayordomo entró, respetuoso, en la habitación; cojeaba con torpeza.
   —¿El señor desea algo más antes de que me retire?
   —¿Lavaste el coche?
   —Sí, mi señor.
   Gabriel sonrió imperceptiblemente.
   —Puedes retirarte.
   El criado asintió y se volvió mansamente.
  —Gracias, mi señor —agregó antes de cerrar la puerta tras de sí y alejarse sin mirar atrás.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en septiembre de 2011.


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La señora Ana


Cuentos_logo
 
   —¿Lo ves? —preguntó Sonia en un susurro.
   —Sí —dijo Pedro mientras asentía lentamente—, pero no está solo.
   —¿Qué? —dijo Sonia alzando la voz, automáticamente se tapó la boca con ambas manos.
   —Shh —la regañó Pedro—. Hay alguien más en la habitación, pero no alcanzo a ver quién es.
   —¿Puedes oír algo? —preguntó Sonia.
   Pedro acercó más su oreja al pequeño agujero en la pared.
   —Hablan demasiado bajo —dijo—, no alcanzo a distinguir lo que dicen.
   —Entonces esperaremos —dijo Sonia—; tal vez yo pueda esperar cerca de la puerta para seguir a esa persona cuando salga.
   —¡No! —dijo Pedro entre dientes y la tomó del brazo—. Es demasiado peligroso, ni siquiera deberíamos estar aquí.
   —Pero es nuestra oportunidad de hacer algo —dijo Sonia con fervor—. ¿No quieres ser parte de la revolución?
   —Ya somos parte —dijo Pedro—, pero cada uno contribuye a su manera; todavía no puedo creer que nos hayan hecho vigilar al gran Sir Ronald, la mano derecha del rey.
   Sonia se ruborizó.
   —La señora Ana siempre dijo que nos mantuviéramos alejados de él —sostuvo Pedro.
   —La señora Ana es increíble —dijo Sonia, e intentó no elevar la voz—. Ella me ha inspirado tanto, a tomar las riendas, a luchar por mi…
   —Sí, sí —dijo Pedro dándole unos golpecitos en el brazo—, pero aun ella creía que era mejor dejar tranquilo a Sir Ronald.
   —Pero ella siempre dice que hay que tomar riesgos para vencer.
   —Aún así… espera —murmuró Pedro y se apretujó contra la pared—, creo que escucho algo…
   —¿Qué?
   —Shh.
   Sonia esperó con impaciencia.
   —Es una mujer —dijo Pedro al fin—, está con una mujer.
   Sonia lo miraba expectante, pero Pedro sólo agregó:
   —Creo que ya podemos irnos.
   —¿Qué? ¿Por qué?
   —No va a suceder nada importante —dijo Pedro—, al menos nada que tenga que ver con la revolución.
   —Pero… pero… deberíamos quedarnos, por las dudas, por si… pasa algo —dijo Sonia con poca confianza.
   Pedro la miró algo irritado.
   —Eso no tiene sentido.
   Sonia se ruborizó otra vez.
   —La señora Ana no se rendiría.
   —No nos estamos rindiendo, es que no hay nada que hacer.
   —Pero la señora Ana…
   —¿La señora Ana qué? ¿Qué fue lo que dijo? —preguntó Pedro—. Nunca eres capaz de pasar las instrucciones de forma clara. Estoy empezando a dudar de que realmente nos haya dado esta misión.
   —Debemos hacer algo espectacular.
   —¿Por qué? —dijo Pedro, que miraba a Sonia cada vez con más desconfianza.
   —Para ser héroes.
   —¿Eso fue lo que dijo la señora Ana?
   —No, no, ella no dijo eso, no dijo nada sobre…, pero eso no importa, lo que importa…
   —¡Espera! —Pedro la tomó por los hombros—. Exactamente, ¿qué fue lo dijo? ¿Cuál era la misión?
   Las mejillas de Sonia se incendiaron aún más.
   —¡Maldición, Sonia! Esto es una locura, sabía que era raro…
   —Pero ya que estamos aquí.
   Las voces del otro lado se hicieron más fuertes.
   —Olvídalo —dijo Pedro—. Vámonos.
   —No —dijo Sonia.
   —Bien, haz lo que quieras —Pedro la apartó de su camino—. Estoy dispuesto a ayudar a la revolución —dijo antes de irse—, pero no estoy preparado para morir por ella.
   Sonia se quedó sola y se acercó al agujero en la pared; tuvo que ponerse en puntas de pie para poder apoyar la oreja sobre él. Las voces se estaban acercando, rápidamente se hicieron más nítidas.
   —Es tan fácil —se escuchó decir a la mujer—; esos chiquillos llenos de hormonas e ideales, dispuestos a hacer lo que les pida.
   —Y tú —dijo el hombre—, tan dispuesta a pedirles cosas.
   Ambos rieron quedamente.
   Sonia se quedó congelada. Conocía aquella voz, esa voz era la que más amaba en el mundo. Cuando alcanzó a reaccionar, las voces ya no hablaban y sólo se oían confusos ruidos de besos y caricias.
   Saltando con torpeza, Sonia trató desesperadamente de ver algo a través del agujero; pero aún cuando pudiera llegar a él, era tan pequeño que no se podía distinguir nada del otro lado.
   Se quedó otro minuto contemplando el agujero y luego salió de su escondite y dio la vuelta al edificio, hacia la entrada principal.
   —Debo saberlo —murmuraba para sí—, debo saber si es ella.
   La puerta estaba cerrada y, por suerte, no había nadie alrededor. Aunque eso no era una sorpresa, era una noche sin luna y estaban a mitad del invierno. Sonia se abrazó a sí misma con fuerza, tratando de entrar en calor mientras buscaba un lugar donde esperar.
   Caminó durante varios minutos, sin dejar de mirar cada tanto hacia la puerta, pero ésta no se abrió. Tampoco fue capaz de encontrar un lugar donde esconderse y desde el cual fuera capaz de vigilar aquella puerta.
   Finalmente, decidió sentarse junto a unos barriles que estaban a unos metros de la entrada y que la protegerían un poco del viento que se había levantado.
   —Debo saber si es ella —dijo para sí mientras se sentaba—, así que esperaré. Después de todo —sonrió—, fue ella misma quien me enseñó el valor de la paciencia.
   Pasaron varias horas y la sorpresa y el enojo de Sonia se fueron convirtiendo en esperanza.
   «Tal vez —pensaba—, tal vez sólo esté haciendo esto para conseguir información. Tal vez todo esto sea en beneficio de la revolución. Tal vez no estuviera hablando de nosotros. O tal vez sí, tal vez estaba fingiendo para conseguir la confianza de Sir Ronald. Tal vez…»
   La puerta seguía sin abrirse y la noche se prolongaba en un intenso frío. Pero Sonia continuaba tejiendo sus pensamientos mientras movía los dedos ateridos en un intento de que no se le congelaran.
   De repente, sintió que alguien la sacudía.
   —Sonia —susurró una voz de hombre.
   Ella se sobresaltó. Pedro estaba a su lado.
   Todavía era de noche. Miró hacia la puerta, seguía cerrada. Pero ella se había dormido, ¿cuánto tiempo había pasado dormida? ¿Se habría abierto la puerta mientras ella soñaba?
   —Sonia —dijo Pedro—, ¿qué estás haciendo aquí? Estás congelada, te vas a enfermar.
   —Debo saberlo —murmuró Sonia—, debo saber si es ella.
   Pedro puso la mano sobre la frente de la joven.
   —Parece que tienes fiebre, seguro te enfermarás; ven conmigo —la tomó de los hombros, tratando de hacerla levantar.
   —No, no —dijo Sonia—, debo saberlo, debo saber si es ella.
   —¿De qué estás hablando?
   Sonia miró hacia la puerta.
   —Ya no hay nadie allí —dijo Pedro.
   —¿Qué? —dijo Sonia con un hilo de voz.
   Pedro la rodeó con los brazos y logró ponerla de pie.
   —Primero te busqué en el escondite, y ya que estaba allí, me fijé. Sir Ronald se fue, la habitación está vacía; se habrán ido en algún momento de la noche.
   —No —susurró Sonia, y perdió el equilibrio.
   Pedro la cargó en brazos.
   —Niña tonta —dijo, pero Sonia ya no lo escuchaba—, quedarte aquí sola, en el frío. ¿Para qué? ¿Para morir como una heroína? Ja, heroína...
   Siguió murmurando sus quejas hasta que llegó a una gran casa blanca, la única que todavía tenía luces encendidas. La puerta se abrió antes de que él llamara.
   —Aquí está —dijo Pedro llevando a Sonia en brazos—. Aquí está, señora Ana, estaba frente a la puerta, congelándose.
   —Muchas gracias, Pedro —dijo con una sonrisa la señora Ana—. Ven, preparé una habitación para ella.
   Pedro la siguió.
   —Creo que tiene fiebre, estaba diciendo algo sobre que tenía que saber si era ella —dejó a Sonia sobre la cama—. Creo que hablaba sobre la mujer que estaba con Sir Ronald. Es eso, o está delirando.
   —¿Pero tú no la viste, a esa mujer? —preguntó la señora Ana, sus ojos concentrados en Pedro.
   —No, señora, como le dije antes, apenas noté que había algo raro en esa supuesta misión, me fui de allí. ¿Qué iba a hacer? Sir Ronald probablemente sólo estaba divirtiéndose con alguna de las damas de la corte.
   La señora Ana lo miró con fijeza durante algunos segundos más y luego su rostro rompió en una sonrisa.
   —Bien —dijo con dulzura—. Ahora déjanos solas; yo me ocuparé de Sonia. Sé exactamente qué hacer con ella.
   Pedro salió de la habitación y vio cómo la señora Ana cerraba la puerta.
   —Espérame en la sala —dijo la señora Ana—, todavía hay algo que quiero hablar contigo.
   Pedro asintió y se dirigió hacia la sala, sólo se volvió una vez a mirar la puerta de la habitación donde había dejado a Sonia.
   «Niña tonta —volvió a pensar Pedro—, quedarse allí congelándose. Tiene suerte si llega a sobrevivir.».


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en abril de 2009. Posteriormente, se recopiló en el libro «Hojas de cuentos».


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Guía fácil sobre los géneros narrativos



   Una breve descripción de cada uno de los géneros narrativos de la entrada anterior, para no quedarnos solo en la cantidad de palabras.

Guia_facil_generos_narrativos
 

Ficción breve

    • Ultra breve
        • Microficción -> Muy pocas palabras para contar una historia, un desafío interesante. Obviamente, no se manejan tramas complicadas ni multiplicidad de personajes, aunque tampoco, necesariamente, tiene que ser uno solo. Es uno de los formatos que más me gustan y tienen un espacio dedicado en el blog.
        • Ficción rápida -> Tenemos un poco más de espacio para maniobrar, pero tampoco demasiado. Un solo conflicto, con alto impacto. Muchos de mis cuentos también se encuentran en estos límites. Básicamente, tengo tendencia a utilizar pocas palabras. He notado que cuando pongo muchas, la mayoría sobra. También soy así como lectora, cualquier descripción de media página me aburre, tiene que estar muy bien escrita para atraparme (en este momento solo me vienen a la mente ejemplos de Le Guin o Tolkien).
    • Cuento -> Un viejo conocido. Seguimos con un solo conflicto, pero con más lugar para exponerlo y resolverlo. Si bien narramos un solo evento, ello no quiere decir que no podamos usar herramientas como saltos temporales o incluso cambio de narrador; eso sí, hay que ser muy cuidadoso para no volver confusa la narración.
 

Ficción intermedia

    • Novelette -> Más y más espacio, aquí por fin podemos agregar tramas menores y escarbar un poco más en la historia, aunque no demasiado. Todavía es necesario condensar. Tal vez sea una de las extensiones menos usadas ya que no puede convertirse, por sí sola, en un libro ni publicarse como un cuento en alguna revista. En general, los libros con novelettes agrupan historias sobre el mismo tema y de varios autores diferentes. (Aunque ahora con los ebooks comenzaron a ganar fuerza para publicarse en forma individual.)
    • Novella -> Casi una novela, en realidad es igual a ella si no fuera por la cantidad de palabras. Podemos manejar varias tramas y muchos personajes (¡a no exagerar!). Es una linda cantidad de palabras para leer en ebook.
 

Ficción larga

    • Novela -> No hace falta presentarla. Aquí pululan varias tramas, principales y secundarias, y personajes por todos lados. Incluso puede llevar varias voces. Tenemos varios conflictos, aun cuando haya un solo clímax, y la oportunidad de explorar tanto la historia como los personajes.
    • Saga -> Para cuando ya sentimos que tenemos muchísimo para decir sobre la historia o el mundo creado. Puede tener la cantidad de libros necesarios, y aquí se vuelve subjetivo. ¿Cuánto es demasiado? En lo personal, creo que diez libros sería mi límite, aunque creo que nunca llegué a leer tantos libros de una misma saga.


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Extensión de los géneros literarios: ¿cuántas palabras debes escribir?



   Una de las preguntas que me hacía cuando empecé a escribir, más allá de los límites de cada género, era ¿cuál era la extensión de cada uno? No puedo decir que haya encontrado una respuesta definitiva a esta pregunta, ni siquiera si vale la pena intentarlo. Algunos límites son bastante obvios, como que no una novela no puede tener dos páginas, pero otros son difusos.
   Sin embargo, como es un tema que siempre me dio vueltas por la cabeza, trataré de hacer un resumen de lo que me parece son los valores promedio.

Extension_generos-literarios
 

Ficción breve

hasta 8.000 palabras
    • Ultra breve
        • Microficción -> de 1 a 200 palabras (¡hay que hacer un cuento con una sola palabra!)
        • Ficción rápida -> de 200 a 1.000 palabras
    • Cuento (el más difícil de delimitar, para algunos termina justo allí donde empieza una novella; pero eso también depende de su tratamiento)
        • Cuento corto -> de 1.000 a 2.000 palabras
        • Cuento normal -> de 2.000 a 8.000 palabras
 

Ficción intermedia

hasta 40.000 palabras
    • Novelette -> de 8.000 a 18.000 palabras
    • Novella -> de 18.000 a 40.000 palabras
 

Ficción larga

¿hasta el infinito?
    • Novela -> de 40.000 palabras a 100.000 (algunos dirán que la novela tiene todas las palabras que sean necesarias...)
    • Saga -> de más de 100.000 palabras

   Al final, la cantidad de palabras no es tan importante, en el sentido de que una novela de 80.000 palabras no es mejor que una de 60.000; pero no está mal, me parece, averiguar sobre las extensiones promedio de cada tipo de narración. Incluso, algunas de estas extensiones pueden ser provocativas, como la microficción que empuja al autor a pulir la idea al máximo.
   En otra entrada, creo que habrá más detalle sobre cada uno de los tipos expuestos arriba.
  
   Dato curioso: mi novelette El emperador no entra en la categoría por falta de palabras, entonces ¿sería solo un cuento?

  

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¿Sabías que hay brujas en la ciudad?


Brujas_Anonimas-cabecera
 
   ¿Qué es Brujas Anónimas?
 
   Brujas Anónimas es una blognovela, orientada a un público juvenil y con una temática fantástica.
  Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de un mundo oculto dentro de su propia ciudad.
   El primer libro lo escribí hace unos años y comencé a publicar los capítulos en el blog homónimo a partir de diciemtre de 2012. Con un pequeño descanso en el medio, terminó de publicarse en noviembre de 2013.
   El segundo libro no tardó en llegar, el primer capítulo apareció en el blog en marzo de 2014. Concluyó en agosto de ese mismo año.

   Por el momento, la historia de Micaela se compone de dos libros:
 

      Libro I - Brujas Anónimas

Tapa_Brujas_Anónimas_LibroI
       Comienza la aventura de Micaela. ¿Qué fue lo que le sucedió esa noche en la plaza? ¿Quién es esa joven de negro? Descubre esto y mucho más.

    

      Libro II - La búsqueda 

Tapa_Brujas_Anónimas_LibroII
       Micaela debe tomar una decisión, pero todavía no sabe lo suficiente. Es hora de que vaya en busca de respuestas. Aunque estas tienen la mala costumbre de traer más preguntas.
 
   ¿La histora terminó?
   No, en realidad, tengo planeados más libros; la idea nació como una serie. En este momento se encuentra en stand by por varios motivos. El tiempo es el mayor de los obstáculos, pero también la falta de entusiasmo, lo cual indica que debo acercarme a este proyecto de otra manera.
   Mientras tanto, se pueden seguir leyendo los dos primeros libros; los enlaces llevan al blog de Brujas Anónimas
  
¿Y si un día descubrieras que existe otro mundo dentro de tu propia ciudad? Twittea

 Brujas_Anonimas-logo

 
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Fantasmas - giveaway


Otros_logo
 
   ¡Última semana para participar del sorteo!
 

Giveaway

 
   Hasta el 26 de junio hay tiempo para participar en el giveaway de Goodreads, donde se sortea una copia del libro.
   ¡Solo tienen que anotarse!


Goodreads Book Giveaway

Fantasmas by Lorena A. Falcón

Fantasmas

by Lorena A. Falcón

Giveaway ends June 26, 2015.
See the giveaway details at Goodreads.
Enter to Win

Los fantasmas que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean. Twittea
 




Fantasmas_tapa
ISBN 978-84-686-6400-2
Editorial Bubok

Fantasmas es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Una mudanza puede ser el comienzo de una nueva vida, en más sentidos de los que uno se imagina. Seis cuentos, tres hombres y tres mujeres narran su historia, una casa vieja y desocupada, ¿cuántos fantasmas? Solo los que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean.





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El puñal


Minicuentos_logo
 
   Se acercaba con sigilo, como una sombra arrastrándose perezosamente por la pared. El reflejo de algo vivo e invisible.
   Se elevó por sobre la altura de cualquier hombre, como la cúspide de una montaña. La amenaza de una avalancha incontrolable.
   Cayó. Se hundió en la blandura y arañó un hueso. El puñal se irguió para atacar otra vez, su filo babeaba expectación.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en septiembre de 2013.


Este cuento forma parte del recorrido de la sombra, puedes acceder al siguiente a través de la palabra clave o desde aquí Recorrido_logo.

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La academia


Minicuentos_logo
 
   Alcanzó un muro al que no le vio final. Lo puso a su izquierda y caminó en la oscuridad. Llegó a una puerta. La golpeó repetidamente: nada. Se sentó, se recostó sobre el portón, esperó.
   Dormía. La puerta se abrió.
   —¿Quién eres?
   —Un nuevo alumno, mi padre…
   —No estamos tomando nuevos alumnos —dijo el hombre.
   —Pero…
   —No te quedes en la entrada, no queremos mendigos.
   Con torpeza, el muchacho se alejó.
   —Algo brusco —dijo una mujer entre las sombras.
   —Deben estar determinados a aprender. Si no vuelve, es porque nunca mereció venir.
   Un golpe seco. La puerta se cerró.


   Este minicuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en mayo de 2012.


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La sombra


Minicuentos_logo
 
   La sombra se arrastraba, se desmenuzaba por los rincones, se desgarraba en los zócalos. En el suelo, atravesado de fría oscuridad, rayas caprichosas dibujaban formas grotescas.
   La sombra avanzaba, incontenible, inexorable, ominosa. Trepaba por la pared, perezosamente, con malicia. El silencio pesaba en la habitación, a través de la persiana entreabierta goteaba un mísero aire embotado y pegajoso.
   La puerta se abrió de repente.
   La sombra se detuvo, agazapada junto al marco. Una mano se extendió por la pared, la sombra se estiró hacia ella.
   ¡Clic! La luz inundó la sala, la sombra huyó.
   Ahora espera debajo del sofá.


   Este minicuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en nobiembre de 2011.


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Todavía aquí


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   Probó tímidamente. Se soltó como un tapón, y esperó escuchar ese ruido. Sin embargo, silencio.
   Se sentó y el movimiento lo agotó. Intentó respirar, pero parecía no recordar cómo hacerlo. Se puso de pie, se sentía liviano, libre, frágil.
   Miró hacía atrás. Su cuerpo yacía despatarrado. Su esposa lo miraba con desprecio; ella soltó el arma y salió de la habitación.
   Él fue tras ella, como su sombra.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en febrero de 2011.


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Hora de dormir


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   La blanquecina luz a su alrededor le lastimaba los ojos. En aquella claridad, solo podía ver sombras. Caminó como flotando hasta llegar a la pequeña casa de piedra. Se deslizó por una rendija a duras penas. Siempre era más difícil cuando volvía.
   Se dirigió al fondo de la única habitación. El fresco interior lo tranquilizó. Abrió la cama y se recostó en su colchón de madera. Satisfecho, con su estómago lleno y calentito.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en febrero de 2011.


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Corriendo en el bosque


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   Llevaba corriendo toda la noche. No sabía cómo se había librado de aquellos seres. Se había sentido libre y había huido. El miedo le inspiraba. Volaba, los pies rasaban el suelo.
   Sin embargo, le seguían. Oía sus pasos, sus respiraciones, sus corazones, ¿o era el suyo?
   Se sintió débil, su cuerpo se tornó liviano. No se detuvo cuando sintió sed y hambre. Con mejillas hundidas y piel tirante, corrió. Veía figuras a su alrededor, entre las sombras, también corriendo.
   Pegó un salto y cayó sobre una de ellas. Encontró una vena casi al instante y sorbió con locura.


   Este cuento se publicó originalmente en el blog Hojas de cuentos, el cual estuvo activo durante varios años. Allí apareció en enero de 2011.


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El concurso que casi gané


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   En la pasada Feria del libro de Buenos Aires se llevó a cabo un concurso de microficción a través de Twitter. Estoy muy feliz de haber quedado entre los finalistas.
   Les dejo el enlace para leer los tweets finalistas; los míos están listados en el lugar dieciséis y diecisiete. También pueden buscar otros tweets participantes en Twitter con el hashtag #Microficción41.
  
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El emperador - Cap V


  
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   Novelette que consta de cinco capítulos. Continúa la historia planteada en los cuentos «El hechizo» (protagonizado por Klara y Rasmus) y «Traición» (protagonizado por Maja y Rasmus). Tiempo después, se agregó un nuevo cuento a esta historia: «El talismán del emperador» (estén atentos a los enlaces, al final hay un añadido más).

 

Capítulo V

  
   Fanny entró en la habitación llevando una bandeja. La apoyó sobre una pequeña mesa durante un momento y cerró la puerta. Luego tomó la bandeja otra vez y se acercó al hombre que estaba en la sala.
   —Señor —dijo con la mirada baja—, su té.
   Rasmus, el futuro emperador, que observaba a través de la ventana, contestó sin volverse.
   —Déjalo allí y vete, no te necesitaré más esta noche.
   Ella titubeó unos instantes, pero no había nada que pudiera hacer. Sólo debía rogar que tomara el té. Apoyó la bandeja con cuidado y se encaminó hacia la puerta. Cuando ya tenía la mano sobre el picaporte, él la llamó de vuelta.
   —Espera —dijo volviéndose hacia ella—, quédate a tomar una taza conmigo.
   —¿Señor? —preguntó ella tímidamente.
   —Ven —dijo Rasmus haciendo un gesto mientras se acercaba a uno de los sillones que había en su habitación—. Tal vez sea la edad, no lo sé, pero lo cierto es que ahora que logré mi objetivo, encuentro que no tengo nadie con quien festejarlo. —Se sentó pesadamente en el sillón y estiró el brazo para asir la tetera—. Una vez hubo una mujer a la que quise, hasta admiré; tenía cabellos rubios como los tuyos, pero… digamos que tuvimos una diferencia de opiniones.
   Había terminado de servirse el té. Tomó la taza y se recostó sobre el sillón; hizo otro gesto con la mano libre y agregó:
   —Pero basta ya de eso; ven, siéntate conmigo.
   —Pero no hay otra taza —dijo Fanny, aún vacilante.
   —Debe haber alguna usada por allí —dijo Rasmus haciendo un amplio gesto que abarcó la habitación—. Los dioses saben lo mal que hacen su trabajo los sirvientes.
   Fanny se movió lentamente. No había escapatoria, tendría que tomar una taza de té. Si tan sólo supiera qué era lo que tenía dentro. Más rápido de lo que hubiera querido, encontró una pequeña taza que contenía restos de otra bebida.
   —Vamos —dijo Rasmus—, no serás mañosa, ¿no? Ninguno de los de tu clase lo es.
   Fanny asintió y se acercó con la cabeza gacha. Se sirvió un poco de té, pero se quedó parada.
   —¡Siéntate! —dijo Rasmus señalándole un sillón frente al que se encontraba él.
   Eso fue más una orden que una invitación, y ella obedeció.
 
   «¿Por qué tarda tanto?», se preguntó Otto en su escondite.
   Si ella no regresaba pronto, él tendría que salir para ver qué pasaba. Pero ¿cómo podría saber dónde se encontrarían los guardias en ese momento?
   Otto se contuvo de dar un golpe contra la pared.  
   «Estúpida mujer —pensó—, ¿qué estás haciendo.»
 
   —Vamos, bebe —la apremió Rasmus.
   —Mi señor —dijo Fanny—, es que yo…
   —Lo sé —dijo él—, es un honor inesperado, pero no lo desperdicies. — Él se inclinó hacia ella. —Y por sobre todo, no se lo comentes a nadie.   
   Ella asintió y sorbió un poco de té. Él bebió a su vez.
   —Sabes —dijo Rasmus de repente—, esta noche estoy acosado por los recuerdos. De pronto me descubro pensando en… —se detuvo, se veía confundido.
   Dejó la taza y se miró la mano, extrañado. Luego tomó el amuleto y éste brilló entre sus dedos. Volvió a mirarse la mano.
   —Es extraño –dijo él lentamente—, pero…
   Fanny no pudo ocultar el miedo en sus ojos.
   —¡Tú! —dijo Rasmus furioso—. Tú y el té… ¿qué le pusiste?
   Rasmus intentó levantarse, pero le fue imposible. Ella tampoco podía moverse, ni siquiera para dejar la taza que aun tenía en las manos.
   —Pero… tú… también… tomaste —dijo él; cada vez le costaba más articular las palabras.
 
   «No hay otra alternativa», se dijo Otto saliendo de su escondite.
   La suerte quiso que los perezosos guardias estuvieran descansando sus ojos cuando Otto dobló por el pasillo que conducía a la habitación del emperador. La puerta estaba cerrada. Otto apoyó la oreja contra ella, pero no logró escuchar ningún ruido en el interior de la habitación. Probó el picaporte y, lentamente, abrió la puerta.
   Vio a dos personas sentadas en los sillones, una de ellas era el futuro emperador. Otto cerró la puerta tras de sí y se acercó a aquel hombre. Cuando llegó hasta él, pudo ver quién era la otra persona.
   «Estúpida mujer», pensó y le dirigió una mirada fugaz a Fanny.
   Luego concentró su atención en el hombre. Por la expresión de sus ojos se dio cuenta de que había funcionado, lo que fuera que esa bruja le hubiera dado, había funcionado. La mano del futuro emperador estaba sobre su pecho, pero sus dedos no alcanzaban a rozar el amuleto.
   Otto sonrió con satisfacción. Se acercó más a él y, con delicadeza propia de una mujer, le sacó el amuleto que colgaba de su cuello. Intentó tocarlo, pero estaba demasiado caliente. Lo colocó dentro del paño que también le había dado la bruja.
   «Sólo un hechicero puede tocarlo —le había dicho Maja—. Cuídate de envolverlo bien, y tráemelo.»
   Otto guardó el amuleto así envuelto y extrajo un cuchillo de entre sus ropas. Rodeó con lentitud al futuro emperador, disfrutando cada momento. Colocó el cuchillo contra el cuello del hombre. Entonces vio la expresión horrorizada de Fanny.
   Otto rio para sus adentros, aquello sería un plus. Clavó los ojos en el rostro de la joven mujer y deslizó lentamente el cuchillo. No se escuchó ningún ruido, pero los ojos inmovilizados de Fanny eran una canción para Otto.
   El cuchillo terminó su recorrido y Otto se acercó a Fanny, todo estaba resultando demasiado fácil. La joven lo miró con ojos aterrorizados. Otto le sonrió, pero ya no había dulzura en su expresión. De un certero golpe, la dejó inconsciente. Tomó la taza que estaba en las manos de ella, y le colocó el cuchillo en su reemplazo.
   Una vez fuera de la habitación, Otto cerró la puerta con la suficiente fuerza para que llamara la atención de los guardias y corrió a refugiarse a la vuelta del pasillo. Sólo debía esperar a que hubiera bastante confusión como para poder escurrirse fuera del castillo.
   Tanteó uno de sus bolsillos, aun a través del paño, el talismán se sentía tibio.
   «Tal vez se lo dé a la bruja —pensó—, o tal vez no. Después de todo, habrá muchos hechiceros interesados en este amuleto.»

 
 
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El emperador - Cap IV


  
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   Novelette que consta de cinco capítulos. Continúa la historia planteada en los cuentos «El hechizo» (protagonizado por Klara y Rasmus) y «Traición» (protagonizado por Maja y Rasmus). Tiempo después, se agregó un nuevo cuento a esta historia: «El talismán del emperador» (estén atentos a los enlaces, al final hay un añadido más).

 

Capítulo IV

  
   Dos días después de su encuentro con Maja, Otto esperaba en la mesa del rincón de un bar bastante concurrido. Solamente tenía vaso de cerveza medio beber en sus manos. Parecía estar pasando el tiempo nada más, pero cada vez que se abría la puerta, su mirada atenta hacía un paneo fugaz. Antes de que se cumpliera una hora había llegado la persona que buscaba.
   Una mujer muy joven se acercó a su mesa.
   —Hola —dijo ella con timidez.
   Él alzó la vista y le ofreció una de sus mejores sonrisas.
   —Hola, Fanny, toma asiento. ¿Quieres algo de beber?
   —No —dijo ella sentándose, apresurada, mirando hacia todos lados.
   —No te preocupes —dijo Otto—, nadie nos presta atención.
   Fanny se inclinó hacia él.
   —Pensé que ya no me llamarías —susurró—, cada vez se está haciendo más difícil salir del castillo.
   Otto estiró el brazo para tomar la mano de ella.
   —Por supuesto que llamaría –dijo con un acento de sinceridad en su voz—, sabes lo que siento por ti.
   Ella se sonrojó; él soltó su mano.
   —Pero hay algo que debemos hacer antes —le puso una bolsita en la mano—. Pon esto en su té, lo inmovilizará durante algunos minutos.
   Fanny guardo la bolsita rápidamente en su bolsillo.
   —Para lo otro, debes esperar a mi señal —prosiguió Otto—. ¿Trajiste lo que te pedí?
   —Sí —dijo Fanny a la vez que le alcanzaba un paquete.
   —Lo haremos esta noche —dijo Otto sin preámbulos.
   —¡Esta noche! —exclamó ella y se tapó la boca con presteza volviendo a mirar a su alrededor.
   —Sí —dijo él—, estaré allí en un par de horas. Estate alerta. Ahora vete.
   —Pero… —dijo ella.  
   —No puedo explicarlo ahora, pero tiene que ser esta noche, y luego tú y yo...
   Ella se sonrojó nuevamente y salió del bar. Se dirigió al castillo con paso vacilante. Caminaba por minutos mirando hacia todos lados, y luego mirando hacia abajo. No podía defraudarlo, Otto había sido el único hombre que la había comprendido, el único que le había prestado atención.
   Llegó al castillo poco después y se dirigió hacia la entrada para los sirvientes.
   —¡Por fin! —dijo la rechoncha ama de llaves apenas entró—. ¿Dónde estabas? Hace rato que te estoy buscando.   
   —Salí a llevarle un encargo a mi madre —dijo Fanny—, usted sabe que ella…
   —Sí, lo sé —la cortó la ama de llaves—; pero este no es el momento para cuestiones personales. Hay mucho por hacer aquí, ¿o acaso no recuerdas que mañana es la coronación?
   Fanny calló y siguió al ama de llaves hasta la cocina.
   —Hay que pulir toda la plata —dijo la rechoncha mujer—, y luego se deben cambiar las corinas de la sala.
   Fanny asintió en silencio y suspiró, iba a ser un día larguísimo.
   Pasaban de las once y Fanny seguía en la cocina. Ya hacía rato que todos habían ido a dormir. Sólo quedaban dos soldados haciendo guardias somnolientas y ella, que estaba de servicio esa noche, como ella misma había solicitado.
   No sabía muy bien cuál era la señal que debía esperar pero Otto le había asegurado que la reconocería. Casi a medianoche, los dos soldados pasaron junto a ella apresuradamente.
   «Esa debe ser», se dijo Fanny y se apresuró a correr hacia una de las ventanas.
   Tiró hacia abajo una cuerda amarrada con anterioridad y esperó con impaciencia. Miraba cada tanto el regreso de los soldados. Otto apareció en el marco de la ventana segundos después y ella lo ayudó a entrar. Sin hablarse, ella le señaló en una dirección. Él desapareció por allí, ella se apresuró a ocultar la cuerda.
   Los soldados ya estaban regresando.

 
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El emperador - Cap III


  
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   Novelette que consta de cinco capítulos. Continúa la historia planteada en los cuentos «El hechizo» (protagonizado por Klara y Rasmus) y «Traición» (protagonizado por Maja y Rasmus). Tiempo después, se agregó un nuevo cuento a esta historia: «El talismán del emperador» (estén atentos a los enlaces, al final hay un añadido más).

 

Capítulo III


    Diez años antes.    
  
   —Te equivocas, pequeña —dijo el Rasmus, el hechicero, mientras se inclinaba sobre el hombro de una joven mujer—. Las palabras son esas, sí; pero el orden es erróneo.
   La rubia mujer se mordió el labio inferior mientras repasaba mentalmente las palabras que tenía escritas frente a sí.
   —El orden es todavía más importante que las palabras en sí —dijo su maestro alejándose de ella para acercarse a una de las ventanas.
   Estaban en la última habitación de una de las torres más altas dentro del complejo perteneciente a la orden de hechicería. Rasmus miró por la ventana. A lo lejos, una torre casi igual e alta, se elevaba al lado de un castillo. Allí estaría el emperador en ese momento. En la cama en la cual parecía estar pasando la mayor parte de su reinado. Su único hijo había sido aislado hacía tiempo, en la parte opuesta del castillo. Todos temían que el único heredero se contagiara de la misteriosa enfermedad que acosaba a su padre. Y lo único que deseaban era que el joven príncipe se casara pronto y tuviera hijos, muchos hijos.
   —El orden lo es todo —repitió Rasmus frente a la ventana- si ordenas todo correctamente, el resto de las cosas actúan por sí solas.
   La joven mujer observó una vez más las palabras que había escrito y en seguida procedió a tacharlas todas. Luego de unos minutos, las escribió de nuevo. Rasmus se acercó a ella.
   —Ah —dijo con satisfacción—, ahora sí, ahora sí.
   La joven sonrió a su vez y se relajó sobre su asiento.
   —Eso será todo por hoy, pequeña Maja —dijo el maestro—. Debemos prepararnos para los festejos de mañana.
   —Sí, maestro —dijo Maja poniéndose de pie comenzando a ordenar las cosas que habían utilizado—. Todos están muy ansiosos, aunque me parece que algunos parecen bastantes nerviosos.
   El maestro asintió en silencio.
   —¿Cree usted que es porque el emperador no asistirá? —preguntó Maja.
   —Puede ser, pequeña, puede ser.
   —Pero, si en verdad los festejos van a ser presididos por el príncipe Erik, como dicen. ¿Cuál es el problema?
   Rasmus miró los azules ojos de Maja que lo observaban expectante.
   —Es el cambio lo que preocupa a la gente, pequeña, el cambio siempre genera incertidumbre.
   La joven asintió en silencio.
   —Lo veré mañana, entonces —dijo y salió de la habitación sin cerrar la puerta.
   Rasmus la vio alejarse y luego volvió a acercarse a la ventana. Su vista se clavó en la torre lejana mientras su mano buscaba algo en su pecho. Segundos después, un amuleto brillaba entre sus dedos.
   —El cambio es el problema —repitió—. Por eso, lo que este imperio necesita es algo que nunca cambie —apretó el amuleto con más fuerza mientras éste quemaba sus dedos—. Lo que este imperio necesita es un emperador que nunca muera.
 
   A la mañana siguiente los alrededores del castillo estaban colmados de gente. Las decoraciones hechas para las fiestas se extendían a todas las casas alrededor. Personas de distintos rangos y oficios estaban mezcladas entre sí, y muchos luchaban por acercarse a sus conocidos.
   —Hola, Maja —dijo un anciano dirigiéndose a una joven rubia de ojos azules.
   —¡Señor! —dijo Maja algo incómoda—, es un honor…
   —No, no —dijo el anciano—, nada de señor hoy, muchacha. Hoy, solamente, soy Jesper, es parte de lo que significan estos festejos, ¿sabías?   
   —Está bien, Jesper— dijo Maja sonriendo tímidamente—, sé que los festejos significaban algo distinto en los comienzos pero eso fue hace muchos años...
   Jesper soltó una sonora carcajada cuando vio que Maja se callaba de repente, con algo de rubor en sus mejillas.
   —No te preocupes, Maja —dijo palmeando el hombro de la muchacha—, ya sé que estoy viejo.
   Maja sonrió nuevamente.
   —Hay mucha más gente de la que esperaba —dijo Jesper mirando a su alrededor.
   —Creo que todos sienten curiosidad —dijo Maja.
   Jesper sonrió.
   —Sí, muchacha, todos sentimos curiosidad.
   En ese momento, se sintió como si mil trompetas sonaran a la vez. La muchedumbre se calló y miró en unísono hacia las puertas del castillo, expectante.
   Un hombre solo apareció a través de ellas.
   —El príncipe Erik —resonó una voz atronadora.
   Maja estaba lo suficientemente cerca para ver sus rasgos.
   «Es muy apuesto», pensó, y se sonrojó levemente.

 
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El emperador - Cap II


  
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   Novelette que consta de cinco capítulos. Continúa la historia planteada en los cuentos «El hechizo» (protagonizado por Klara y Rasmus) y «Traición» (protagonizado por Maja y Rasmus). Tiempo después, se agregó un nuevo cuento a esta historia: «El talismán del emperador» (estén atentos a los enlaces, al final hay un añadido más).

 

Capítulo II


    La habitación estaba escasamente decorada. Pocos muebles y aún menos calor. Maja cerró la puerta con fuerza y le señaló a su acompañante uno de los dos sillones raídos que dominaban el cuarto. Luego dirigió una mirada al hogar e hizo un pequeño gesto. El fuego no tardó en prenderse.
   —¿Quiere un té? —preguntó Maja.
   —Si no es mucha molestia.
   Maja salió de la habitación dejando al viejo solo frente al fuego. En todo el tiempo que tardó en preparar el té, no volvió a dirigirle la palabra. El hombre, por su lado, se mantuvo inmóvil en el sillón, contemplando sus propias manos sobre su regazo.
   Maja regresó con una bandeja y dos tazas. Apoyó la bandeja en una mesita baja entre los dos sillones.
   —¿Y qué es lo que usted está haciendo en la calle a estas horas? —le preguntó Maja la viejo mientras le alcanzaba a la taza.
   —Buscándote a ti —respondió Jesper.
   El té tembló un segundo, tal vez debido al traspaso de manos.
   —¿A mí? —preguntó Maja.
   —Sí —dijo Jesper—, quería saber si habías sido tú.
   —Si yo había sido ¿qué?
   —Lo sabes muy bien —dijo Jesper mirándola por encima de la taza—. Me pareció extraña tanta torpeza de tu parte, pero cuando alguien está desesperado… ejem… comete errores que no cometería de otra forma.
   —Maestro, no creo saber de qué habla.
   —Por supuesto que lo sabes —la voz del viejo adquirió fuerza—, aunque no lo hubieras hecho tú, tendrías que haberlo sentido.
   La expresión de Maja se endureció.
   —Lo sentí —dijo por lo bajo—, pero ya era tarde.
   Jesper la miró inquisitivamente, y Maja se desplomó sobre el otro sillón.
   —Le dije que no estaba lista, pero no me hizo caso.
   El viejo suspiró.
   —Klara —dijo en un murmullo—. Su nombre se agregará a la larga lista de quienes fallecieron intentándolo.
   —Se lo advertí —dijo Maja entre dientes.
   El viejo la miró apaciblemente.
   —¿Y estás enojada porque no te hizo caso, porque no lo logró o porque arruinó tus planes?
   Maja sonrió.   
   —Supongo que por todo.
   El viejo volvió a suspirar.
   —Mi niña, ¿por qué continúas con esto? Crees que si pudiera hacerse no lo habríamos hecho ya.
   —Tal vez —dijo Maja lentamente—, tal vez es que no lo intentaron lo suficiente.
   Jesper negó con la cabeza y tomó un poco de té antes de responder.
   —Lo hicimos —dijo mirando tristemente a Maja—, los mejores hechiceros de la Orden lo intentaron todo; pero no sirvió de nada. Sencillamente, Rasmus se volvió demasiado poderoso, tú mejor que nadie lo sabes.
   —Sí, lo sé —dijo Maja mordiéndose el labio—. Sé mucho sobre él, por eso sé que debemos detenerlo. No tiene una idea de la destrucción y del dolor que es capaz de generar…
   Jesper tomó un poco más de té y dejó la taza en la bandeja, sobre la mesita.
   —Mi niña —dijo con dulzura—, lo que te hizo fue terrible, todos sentimos compasión por ti; pero si dejas que ese deseo de venganza se apodere de ti, nunca lograrás conseguir tranquilidad.
   Maja se incorporó en el sillón y lo miró de frente.
   —Justamente, de eso se trata —sonrió—: tranquilidad. Y la única forma en que la conseguiré es acabando con él.
   El viejo suspiró una vez más, y se levantó del sillón. Caminó lentamente hacia la puerta y la abrió. Antes de salir, dijo:
   —Mi niña, creo tu nombre también se agregará a esa lista si sigues este camino.
   —Maestro —dijo Maja—, mi nombre está allí hace años.
   Jesper se volvió para cerrar la puerta.   
   —En verdad, lo siento, pequeña. Siento todo lo que has sufrido y lo que todavía sufrirás.
   La puerta se cerró con delicadeza.
   Maja se quedó observándola. El viejo la había llamado “pequeña”, así era como la llamaba Rasmus cuando todavía era humano. Sin quererlo, se sumergió en recuerdos. Los primeros eran tan alegres, algunos incluso dulces. Se dejó envolver por ellos, al calor del fuego.
   Bastante lejos de allí, había otra persona empapada de memorias. El hombre estaba solo en una habitación ricamente adornada. Parado junto a la ventana, mirando a lo lejos el contorno de una torre sólo iluminada por la luz de la luna.
   «Fue desde allí», se dijo a sí mismo.
   Recordó su vida en aquella torre. Allí donde una vez se le había ocurrido la idea, donde la había planeado y donde había llegado a ponerla en marchar.
   «Y solo faltan tres días —pensó— para que mi plan llegue a su fin, y seré el emperador.»
   Sonrió levemente.
   —Rasmus, el emperador —murmuró.
   Apoyó una mano sobre el vidrio como si quisiera acariciar aquella lejana torre.
   «Sí —se dijo—, le debo mucho a aquella torre.»

 
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